LITERATURA ÁRABE PREISLÁMICA

Redacción Alif Nûn


Introducción histórico-geográfica

Arabia es la cuna de un número de pueblos semitas o, más propiamente, “arábidas”, que se extendieron por Mesopotamia, la costa mediterránea de Asia y las tierras de Eritrea y Etiopía. En la época que aquí nos interesa nos encontramos dos géneros de vida en la Península: nómada y sedentario. Ambos estilos de vida se polarizan en torno a ciudades que cumplen funciones de almacén y feria comerciales, sin un cinturón agrícola estable. Esta situación es característica del Nayd y el Hiyâz, que constituyen las zonas centrales y decisivas para el posterior desarrollo de la literatura en lengua árabe. Mientras que las poblaciones nómadas no parecen muy dispuestas a “encadenarse” al trabajo manual ni al suelo, los pueblos sedentarios son víctimas de la circulación y la inversión dinerarias, y sufren una estratificación social donde una aristocracia-plutocracia concentra el poder en sus manos mediante una astuta política de alianzas matrimoniales. A considerable distancia socioeconómica sobrevive el vulgo de agricultores, ganaderos, comerciantes y artesanos; mientras que prácticamente al margen de la sociedad vegetan esclavos y toda una constelación de poetas profesionales, juglares, prestidigitadores y parásitos.

La atomización política y social tenía su correspondencia en el terreno religioso, con una gran variedad de deidades locales de carácter fetichista y animista. Bajo el manto de estas divinidades existía toda una pléyade de espíritus y genios asociados a elementos naturales y, sobre todos ellos, una vaga noción de un dios superior que no era ajena a los contactos con comerciantes cristianos y judíos y a las reducidas colonias de extranjeros e indígenas practicantes de estas religiones.

En el entorno de la Península Arábiga, en la época de la revelación del Corán, cabe distinguir varias zonas geográficas:

            1.- el Yemen: tierras altas de la esquina meridional.
            2.- el Hiyâz, en la costa del Mar Rojo.
            3.- el Nayd: tierras altas del centro.
            4.- el Shâm: periferia esteparia del noroeste.
            5.- Sawâd al-‘Irâq: zona fértil del Tigris y el Éufrates.
            6.- el Golfo Arábigo-Pérsico, volcado a la navegación.

Los nombres del Yemen y del Shâm están relacionados con la antigua costumbre árabe de soltar un ave antes de emprender cualquier asunto. Si se dirigía hacia el sur se consideraba un auspicio feliz, y si tomaba camino del norte el auspicio era desafortunado.

Aunque rocemos lo mítico, hay que saber que tradicionalmente se considera a Qahtân antepasado de los árabes sedentarios, mientras los nómadas trazan su genealogía hasta ‘Adnân. De los primeros se narran leyendas de grandes ciudades en el Yemen, como la civilización de Saba, con su famosa reina Bilqîs. Gradualmente habrían ido emigrando hacia el norte y mezclándose parcialmente con los ‘adnâníes, hasta formar una marca fronteriza del Imperio Persa en el Éufrates. Los ‘adnâníes, por su parte, también formarían una marca fronteriza del Imperio Romano de Oriente, en el Shâm. Por supuesto, hay que ser consciente de que, con mucha probabilidad, estas adscripciones genealógicas son justificaciones a posteriori de alianzas y enemistades.

Es cierto que se da cierta conciencia de unidad, basada en la lengua y en la genealogía patrilineal. Sin embargo, Cristianismo y Judaísmo habían introducido una nueva fisura en el tejido social, la cual se superpondría a la tradicional clasificación genealógica en varios troncos:

            1.- al-‘arab al-bâ’ida: los pueblos árabes antiguos, desaparecidos.
            2.- al-‘arab al-‘âriba: los qahtâníes, procedentes del sur.
            3.- al-‘arab al-musta‘araba: los ‘adnâníes, considerados árabes, descendientes en última instancia de Ismael, primogénito de
Abraham, procedentes del norte.


El concepto de literatura árabe preislámica

La época anterior a la revelación coránica suele recibir el nombre de yâhilîya, palabra habitualmente puesta en relación con el significado de “ignorar” que tiene clásicamente el verbo correspondiente. Sin embargo, en su origen el yahl no se opone al ‘ilm (conocimiento, ciencia) sino al hilm (autocontrol, desapasionamiento, sensatez). Con lo cual, esta época no habría sido caracterizada por la ignorancia sino por el impulso de una pasión desbocada e irreflexiva. Como dice el poeta ‘Amr ibn Kulthûm:

Que nadie se enfurezca contra nosotros,
pues entonces nos enfureceríamos más que los furiosos.

Lo que suele llamarse literatura preislámica es un corpus de materiales abrumadoramente poéticos, puestos por escrito en épocas posteriores, lo que ha permitido a cierta crítica considerarla un caso de osianismo[1] a gran escala. Al margen de la localización temporal de esta producción, lo cierto es que, de hecho, esta literatura ha desempeñado y desempeña una función fundacional de la literatura en lengua árabe de todos los países y tierras en que florece.


La lengua árabe preclásica

Este corpus literario está expresado en una lengua cuyo vocabulario es rico, fluctuante, a menudo impreciso, impresionista, aunque también con términos de una exactitud extremadamente analítica. El sistema verbal aún no es bastante conocido, pero probablemente se hallará en transición entre un sistema originariamente aspectual y otro temporal. En cuanto a la sintaxis, la yuxtaposición es la reina de la frase. Hay una innegable tendencia a crear oraciones cortas, completas e independientes, sin la compleja arquitectura de frases entrelazadas de otras lenguas. La expresión es lacónica, con abundantes elisiones y un omnipresente contexto sobreentendido.

Esta lengua no es la de ningún lugar en particular, sino una koiné poética convencional que habría buscado la explotación de los elementos compartidos por los dialectos del árabe antiguo dentro de un marco de tipo conservador y prosintético (de tendencia a la expresión sintética más que a las preposiciones y conjunciones de tipo analítico.)


Fuentes de la literatura árabe preislámica

1.- La poesía nómada: La vemos nacer perfecta, sin etapa de desarrollo. De momento bástenos saber que su densidad conceptual ha llevado a decir que la poesía es “el archivo de los árabes” (ash-shi‘r dîwân al-‘arab).

2.- Los refranes y proverbios: Los amthâl aluden a las realidades del desierto y la estepa y reflejan la mentalidad nómada. Entre las colecciones de proverbios destaca la de al-Maidânî, de quien procede la mayor parte que conocemos.

3.- Tradiciones y leyendas: Recopiladas en época ‘abbâsí, se les atribuye una transmisión oral previa. Muchas aparecen adaptadas a una mentalidad islámica, pero aún así se vislumbran características yâhilíes, como es el movimiento de los hunafâ’, celosos guardianes de la espiritualidad práctica de Abraham frente al sectarismo eclesial de las autoridades religiosas judías y cristianas.

Toda esta producción sería recogida en grandes colecciones que pasarían a la posteridad entre comentarios de eruditos mayores y menores, como es el caso de las Mufaddalîyât, cuyo nombre proviene de su recopilador, al-Mufaddal de Basora. Pero el más famoso ejemplo lo constituyen las Mu‘allaqât, antología tradicional de aquella poesía, así llamadas por haber sido escritas y colgadas en oro sobre las paredes de la Caaba, según unos, o por haber sido muy comentadas, según otros, que consideran la anterior teoría como un caso más de ficción histórica.

En el siglo IX d.C. dos grandes poetas shâmíes neoclásicos, Abû Tammâm y al-Buhturî, producen sendas obras fundamentales para conocer la poesía yâhilí, ambas tituladas Hamâsa (“ánimo”, “entusiasmo”).

En el siglo X d.C. Abû l-Faray al-Isbahânî escribe su Kitâb al-agânî (“Libro de las canciones”) en la corte de Saif ad-Daula, en Alepo. Es fundamental para conocer la escuela de poesía cantada de Medina.

Los Ayyâm al-‘arab (“Los días de los árabes”) son relatos de estilo conciso sobre las batallas y guerras de los árabes. Un “día” famoso es, por ejemplo, el de Dâhis y al-Gabrà’, en el que una apuesta con trampa por la carrera entre un caballo y una yegua causa una guerra prolongada.


El concepto de poesía

En árabe, la poesía no es una “confección” (poiesis) formal, sino un conocer o sentir (shi‘r), fondo, percepción afectiva: “una cosa que se agita en nuestro pecho y que nuestros labios profieren”. No obstante, Ibn Jaldûn terminará por recoger un concepto más preocupado por la forma que por el fondo: “Poesía es la expresión basada en metáforas y descripciones, ajustada a un ritmo y rima, con versos mutuamente independientes en contenido y sentido, siguiendo los métodos usados por los árabes.”

No cabe duda de que la rima goza de un prestigio notable en las manifestaciones sociales solemnes y extracotidianas debido a su eficacia en preservar de una mayor distorsión textos que se quieran conservar inalterados, como las fórmulas mágicas y religiosas, la legislación oral, etc. Por lo que se refiere a la métrica, ya se trate del reflejo vocal del paso del camello, como pretende la teoría totémica, o el resultado del perfeccionamiento, popularización y secularización de tiradas rimadas paralitúrgicas, gestadas coral y ritualmente, lo que sí podemos afirmar es su presencia más allá del estricto campo poético hasta conformar el say‘ o prosa rítmica que nos recogen las colecciones de refranes y relatos.


Autenticidad de la poesía yâhilí

Es éste un tema sobre el que no existe un acuerdo pleno. Según Tâhâ Husain estamos ante un gran engaño histórico-literario, mediante el cual cierta producción literaria habría recibido prestigio y circulación al atribuírsele su paternidad a personajes probablemente míticos. Esa postura extrema no ha tenido grandes seguidores. Hoy día suele admitirse que el grueso de la poesía yâhilí es auténtica, aún admitiendo las probables contingencias de su transmisión, con adulteraciones voluntarias o accidentales, las cuales no han llegado a borrar su carácter distinto a la poesía posterior.

De hecho, desde un punto de vista literario, la lengua, el estilo y el gusto estético parecen precoránicos, mientras que la información cultural que transmite también sería históricamente correcta; es decir, concuerda con los datos proporcionados por otras fuentes.


La lengua de la poesía yâhilí

Aunque su morfología es idéntica a la coránica, su vocabulario es mucho más arcaico. A decir verdad, el Corán se encuentra estadísticamente más cercano a los dialectos urbanos del Mediterráneo y el Hiyâz que a esa lengua yâhilí.

Dicho arcaísmo también se hace presente en la sintaxis, donde una concordancia fluctuante apenas hace mella en un fondo abrumadoramente yuxtapositivo. Nos encontramos, pues, bien lejos de las leyes clásicas de coordinación y subordinación que se desarrollarán en épocas posteriores.


El género de la poesía yâhilí

La forma con la que nos nace esta poesía, de perfección matemática, sigue cultivándose hoy día: la casida. Se trata de un poema largo pero de tirada variable, desde unos quince hasta más de cien versos, en metro solemne, de versos monorrimos. El fragmento o qit‘a nunca tiene más de siete versos.

Suele comenzar con una evocación de la amada (nasîb), seguida por un relato de jornadas por el desierto y las penalidades en ellas sufridas (rahîl), para llegar al panegírico (madîh) en alabanza a la persona a la que se recita el poema, y de quien se espera algo.

Sin embargo, las mu‘allaqât no se ajustan totalmente a ese esquema, además de que encontramos en ellas temas como el autoelogio (fajr), las máximas sapienciales (hikma) o el tema báquico (jamrîya). Otros temas de la poesía yâhilí son la sátira (hiyâ’), la elegía (rithâ’) o el amor (gazal).

Abundan las descripciones (ausâf), a menudo minuciosas, de la naturaleza, los animales o incluso objetos hechos por el hombre, dándoseles una dimensión lírica y evocativa.

Respecto a la estructura de los versos, se componen de dos hemistiquios. El primer verso (matla‘) suele tener la misma rima en ambos hemistiquios. La casida suele recibir su nombre de la rima que la caracteriza, como por ejemplo la lâmîya, que es una casida con rima en la letra lâm.


Peculiaridades estilísticas de la poesía yâhilí

Las descripciones de la naturaleza tienen un carácter marcadamente lírico que revela una capacidad de impresionarse emotivamente por lo aparentemente trivial, hasta presentar su poeticidad.

Las transiciones poéticas pueden ser bruscas o suaves, pues en realidad no son objeto de atención.

La rareza de muchos términos se debe a múltiples motivos:

            1.- A partir de la revelación coránica el léxico se fija y se uniformiza.
            2.- En la sociedad cada vez más sedentaria se eliminarían muchos objetos inútiles o desconocidos.
            3.- En general, terminaría por difundirse una lengua literaria de prestigio con características ligeramente diferentes a la yâhilí.

Existen tópicos constantes, como la invocación a los amigos del poeta a detenerse y llorar sobre los restos del campamento de la amada, o el rechazo del poeta a aceptar los consejos para refrenar su pasión, o la presencia de compañeros que tratan de consolar al amante afligido.

Por otro lado, a menudo se elude el sustantivo calificado por un epíteto (así, por ejemplo, “la rápida” es la camella). Se citan muchos nombres de lugar capaces de suscitar recuerdos en el nómada de la zona. El naturalismo va acompañado de exageraciones, pero también de paralelismos. Se interpela a los animales y a seres que podrían considerarse inanimados. Y todo va teñido de cierta ironía no exenta de realismo.

Los “siervos de la poesía”

El poeta árabe es un eslabón en una tradición que él va formando y que lo conforma. Es un sâni‘, un “trabajador esforzado”, un “forjador” o “hacedor”, que forja su poema con gran exactitud luchando por alcanzar la perfección apuntada por las minuciosas normas de la tradición.

Una escuela que exageró las exigencias al poeta fue la de los ‘abîd ash-shi‘r (“siervos de la poesía”). Según Tâhâ Husain, tenían por principio la minuciosidad y lentitud, reprimiendo los impulsos de la naturaleza al componer su poesía. Su interés principal lo constituye lo sensible, lo material de las cosas, y su obra está poblada de metáforas y analogías. Pulían sus composiciones una y otra vez antes de hacerlas públicas. El nombre mismo de las composiciones de Zuhair ibn Abî Sulmâ, las Haulîyât, (“las Anuales”), nos da una idea del método de trabajo, que sólo producía un poema al año.

El citado Zuhair suele calificarse como fundador de esta escuela, aunque hay quien habla de su padrastro, Aus ibn Hayar. También la hermana de aquél era poetisa. Su hijo Buyair abandonó la poesía al reconocerse musulmán, mientras que su hijo Ka‘b, al principio enfrentado al Islam, terminó teniendo una relación entrañable con el profeta Muhammad, al que dedicó su producción poética.

La única “mancha” que suelen encontrar los críticos clásicos en la poesía de Zuhair nos revela algo de su visión del mundo. En cierto pasaje utiliza la expresión “al-amsi qabla-hu” (“ayer, antes de hoy”), cuya segunda mitad ha sido tachada de redundante y superflua. Sin embargo, esa precisión nos atrae hacia el pasado inmediato, no al lejano, cómo si dijéramos “sé lo que pasa hoy y lo reciente, no lo pasado ni lo futuro”.


Principales representantes de la literatura árabe preislámica

            Imru’ al-Qais ibn Huyur al-Kindî

Es el primer poeta árabe conocido. Lo que sabemos de su vida parece poéticamente entretejido con la leyenda. Su afición por la poesía no casaba precisamente con un notable de la tribu de Kinda, y no dejó de dedicarse al vino y a la francachela ni el día en que asesinaron a su padre, Huyur. Entonces, dijo: “Hoy bebamos, y mañana será otro día”. Al día siguiente marcharía en busca de ayuda para vengarse. Acudió a su joven amigo, el judío árabe as-Samau’al (conocido hasta hoy como la fidelidad en persona), en cuya fortaleza depositó armas, bienes y monturas. Se dirigieron al norte, hasta que su compañero se dio cuenta de que iba a pedir ayuda bizantina, y lloró amargamente sabiendo que pagaría cara esa traición inadmisible que le ganó el sobrenombre de “el rey extraviado” (al-malik ad-dillîl). Dice nuestro autor:

Mi compañero lloró cuando vio el sendero ante él,
y tuvo certeza de que seguíamos hacia César.
Y le dije: ¡que no lloren tus ojos! Solamente
intentamos (recuperar) un reino; si no, muramos y seamos excusados.

En Constantinopla, Justiniano lo recibe y le asegura su ayuda. Lo pone al frente de un ejército pero lo traiciona con una capa envenenada. Mientras cava su tumba cerca de la actual Ankara, ve la tumba de una mujer árabe muerta allí y recita:

¡Vecina mía! Nosotros somos dos extraños aquí mismo,
y todo extranjero es pariente del extranjero.
¡Vecina mía! Nosotros vamos a quedarnos aquí mismo,
y yo me quedaré aquí mientras se quede (el monte) ‘Asîb.

Se cuenta que, en cierta ocasión, enamorado de su prima ‘Unaiza bint Sarhabîl, ésta y sus amigas se estaban dando un baño cuando el poeta, que las había estado siguiendo, apareció y les arrebató las ropas. Juró que no se las devolvería hasta que salieran desnudas, una a una, a pedírselas. Incluso ‘Unaiza tuvo que hacerlo, la última. Para compensarlas les dio de comer sacrificando su camella. Desprovisto de montura, el poeta consiguió entrar en el palanquín de su prima donde, tras besarla y abrazarla, empezó a recitar su mu‘allaqa, de la que pasamos a ofrecer un extracto:

Mis compañeros, con sus monturas paradas allí junto a mí
decían: ¡no te mueras de pena, muestra entereza!
He aquí que mi cura es una lágrima vertida
pues ¿acaso hay consuelo en unas huellas borrosas? [...]

Y las lágrimas de los ojos se me desbordaron a raudales
sobre el pecho, hasta que más lágrimas empaparon mi tahalí [...]

Y a menudo amanezco, cuando las aves están en sus nidos,
con un (caballo) ligero, corredor de fieras y sólido,
que ataca y se escapa, avanza y retrocede a la vez,
cual peña rocosa que arrastra el torrente desde lo alto.

Tarafa ibn al-‘Abd al-Bakrî

Dado a la sátira, pagó su petulancia con su vida en plena juventud, engañado por el rey de Hîra, que lo hizo portador de su propia sentencia de muerte, por la que sería enterrado vivo tras cortársele pies y manos. Su mu‘allaqa incluye la más famosa descripción de una camella, con comparaciones como éstas:

Huesos-maderas de un arcón
Cabeza-velocidad de un avestruz
Rabo-blanco como alas de un buitre
Costillas-arcos de flechas
Axilas-tiendas de beduinos, piel de antílope
Altura-puente romano
Picotazos de insectos-hoyos en rocas lisas
Cuello alto e inhiesto-castillo de popa de un barco en el Tigris
Cráneo-una línea (por su delgadez y solidez)
Cara-lisa como el papel sirio
Ojos-espejos, agua recogida en los huecos de las rocas
Órbitas-dos cavernas, etc...

Para tener una visión más completa de la mu‘allaqa de Tarafa oigamos los versos 55 y 56 de la misma:

Tú, que me censuras que acuda a la batalla
y asista a los placeres, ¿acaso puedes hacerme eterno?
Si no puedes apartar mi muerte,
déjame que la afronte con cuanto mi mano posea.


            Zuhair ibn Abî Sulmà al-Muzanî

Podría ser considerado el poeta yâhilí de la paz. Se le estimaron sus panegíricos equilibrados. Sus hikam abundantes, que crean un estilo, son alabadas por su concisión. Se muestra religioso y sentencioso. Su hastío vital se transparenta en los versos 46 al 48 de su mu‘allaqa:

Estoy cansado de las cargas de la vida, y quien viva
ochenta años, ¡por tu padre, que se hastía!
Sé lo de hoy, y de ayer antes de hoy,
pero soy ignorante de lo que depare el mañana.
He visto a los muertos dar golpes de ciego; a quien alcanzan
los matan, y quien se libra vive y envejece.

Esta filosofía vital hay que complementarla con la expresada en los versos 60 y 61:

La lengua del hombre es una mitad, y otra mitad es su mente;
el resto no es sino una figura de carne y sangre.
La estupidez del viejo no va seguida de cordura,
pero el joven, tras la estupidez, madura.


            ‘Antara ibn Shaddâd al-‘Absî

Prototipo del poeta caballero, aunque alguien lo ha llamado “el chulo de Arabia”, a su alrededor se forma una leyenda en forma de saga de aventuras junto a su sentencioso Shaibûb, gordo, materialista y leal a su amigo ‘Antara, que es un idealista casto y noble, defensor de los pobres y dado a la acción. Quedan por estudiar los paralelismos con la obra de Cidi Hamete Benengeli.

Hijo de una esclava etíope, sus hazañas le valieron la libertad, así como el amor de su prima ‘Abla. La describe castamente, pero no por ello deja de cultivar el autoelogio, en su caso diríase que bien merecido. Su mu‘allaqa empieza así:

¿Acaso han dejado los poetas algo por glosar?
O ¿acaso has conocido la casa tras titubear?
¡Habla, casa de ‘Abla en al-Yiwâ’!
¡Llénate de luz, casa de ‘Abla, salve!

Vemos, pues, que ‘Antara tiene conciencia de una tradición poética que desconocemos. Sin embargo, aunque los poetas hayan agotado todos los temas, “yo tengo mucho que decir sobre mi amada”; de hecho, parece estar enamorado hasta de la casa, a la que saluda con la mayor belleza. Dice más adelante, en los versos 35 y 36:

Alábame por lo que sabes, pues yo
soy de trato fácil cuando no se me hace injusticia;
pero cuando se me oprime, mi réplica es valiente,
de gusto amargo como el sabor de la tuera.

Se le ha reprochado al poeta que cada verso no sea totalmente independiente del anterior. Es éste un rasgo popular en su poesía que lo ha hecho, en cambio, apreciado por el vulgo. Tenemos que esperar hasta llegar a la época ‘abbâsí para ver generalizarse este rasgo. También detectamos en los versos anteriores cierto complejo larvado o contenido, que sigue transparentándose en el verso 43:

¿No has preguntado (hasta) a los caballos, hija de Mâlik?
En realidad no desconoces lo que (dices que) no sabes.

Sigue el autoelogio en el verso 46:

Quien presencie la batalla, que te diga que yo
me lanzo a la lucha, pero me contengo a la hora del botín.

Al final, el poeta, tras dura batalla sobre su sufrida montura, supera sus complejos y conquista la gloria en los versos 69 y 70:

Si supiera conversar, se quejaría;
si hablar supiera, me hablaría.
Me han curado el alma y han apartado mi cuita
las palabras de los jinetes: ¡Venga, ‘Antara, avanza!


            ‘Amr ibn Kulthûm at-Taglibî

Desde muy joven se vio señor de la tribu cristianizada de Taglib. Es el orgullo en persona y el símbolo de la insumisión a los poderosos. Canta al vino y a la guerra, sin olvidar cierto erotismo contenido. Oigamos la voz de este canto de guerra (versos 23-25):

Abû Hind, no te des prisa en atacarnos;
danos tiempo y te diremos lo cierto:
que llevamos blancos los estandartes,
y los traemos rojos, ya ahítos;
¡durante cuántos días gloriosos
nos negamos a servir al rey, a mostrarnos débiles!

El verso más célebre de este poeta es bien representativo de su espíritu (verso 53):

Que nadie se enfurezca contra nosotros,
pues entonces nos enfureceríamos más que los furiosos.

Y lo mismo encontramos al final de la mu‘allaqa (versos 101-103):

Cuando el rey impone humillación a la gente,
nosotros nos negamos a aceptar la humillación.
Hemos llenado la tierra hasta no caber en ella,
y la faz del mar la hemos llenado de naves.
Cuando un lactante nos llega al destete
se le arrodillan los poderosos, postrados.


            Otros poetas de mu‘allaqât

Labîd ibn Rabî‘a al-‘Âmirî es conocido por su larga vida y haber abrazado fervientemente el Islam, tras lo cual decidió no volver a componer poesía. Su mu‘allaqa se ajusta bien al modelo clásico de la casida, con descripciones detalladas y vivas, y una técnica casi fotográfica, en las que el vino es un tema que no podía faltar. La característica más notable de este poeta parece haber sido la generosidad.

Por lo que se refiere a la mu‘allaqa de al-Hârith ibn Hilliza al Yashkurî, entra, con la de ‘Amr ibn Kulthûm y la de ‘Antara, en la categoría de la épica, con la emulación de los rivales en mérito y hazañas, sin los tópicos existenciales y filosóficos ni las preocupaciones estéticas y naturalistas de las otras mu‘allaqât.

Con esto completamos el número tradicional de siete mu‘allaqât. Hay quien hace ascender su número hasta diez, e incluso quien discute la autenticidad de alguno de los siete indicados. Valgan éstos como botón de muestra e introducción a esta interesante literatura.

Por último, antes de abandonar las mu‘allaqât, conviene recordar la reflexión de la Dra. Salma Khadra Jayyusi cuando dice que la convención yâhilí del viaje es una metáfora de la vida que concibe la condición humana como una lucha por la supervivencia, y no una simple descripción de un desplazamiento físico por la estepa o el desierto. Degradarlo a esto último sería olvidar el carácter esencialmente connotativo que tiene la lengua poética, y sin el cual no habría poesía sino mera versificación.

            Tumâdir

Esta poetisa destacó en su época por dos motivos: su sabiduría, que la llevó a presidir en numerosas ocasiones las tribunales poéticos de ‘Ukâz; y la elegía que les cantó a sus dos hermanos, muertos en batalla. Al abrazar el Islam, el Profeta la llamó al-Jamsâ’ (“la de los bellos ojos”). Sus cuatro hijos murieron en la batalla de Yarmûk, afluente del Jordán; pero en lugar de cantar su elegía sólo expresa su alegría de que les llegara la muerte defendiendo el Islam. Oigamos su voz sencilla, simple, directa y emotiva:

La salida del sol me recuerda a (mi hermano) Sajr,
y lo recuerdo a toda puesta de sol.
Y si no fuera por los muchos que lloran en torno a mí
por sus hermanos, me mataría;
no es que lloren por alguien como mi  hermano, sin embargo
me consuelo de él con resignación.

Sencillez no exenta de fuerza, como expresa en otro lugar:

He aquí que los guías se guían por Sajr
cual monte coronado de fuego.


            Lailà al-‘Afîfa bint Lukaiz

Anterior a Imru’ al-Qais, destacó por su cultura y belleza. Renunció a la realeza por el amor de su primo al-Barrâq. Su lenguaje es tan sencillo que, en labios de la cantante drusa Asmahân, ha llegado a considerarse vulgarmente obra de algún autor de hoy. Comprobémoslo:

¡Ojalá al-Barrâq tuviera ojos que vieran
la pena y la desgracia que sufro.
Vuestra hermana ha sido torturada, ¡ay de vosotros!,
con el más horrible castigo mañana y tarde.
Me encadenaron, me ataron, me golpearon
el lugar casto a bastonazos.
Yo detesto lo que deseáis,
y la amarga muerte ya me resulta dulce.
¡Así que paciencia y buen consuelo!
Tras un mal sólo se espera un triunfo.


Los Sa‘âlîk

El su‘lûk es un personaje “descastado”, expulsado del sistema tribal, defendido por nadie y expuesto al arbitrio de todos. Constituyen toda una constelación de individualidades muy marcadas.

Un contemporáneo de Imru’ al-Qais es ash-Shanfarà Thâbit ibn Aus. Prometió matar a cien rivales, pero faltándole uno cayó en una emboscada. Al cabo del tiempo alguien reconoció su cadáver, lo golpeó, se le clavó la esquirla de un hueso en el pie y acabó muriendo. De este modo, según cuenta la leyenda, ash-Shanfarà pudo cumplir su promesa. Su casida, Lâmîyat al-‘arab, describe las cualidades del árabe, pero también la preferencia de ash-Shanfarà por los animales. La utilización de este poema en época ‘abbâsí para enfrentarlo a la shu‘ûbiya[2] ha hecho pensar a muchos que podría haber sufrido añadidos importantes. Escuchemos su primer verso:

Levantad, hermanos, los pechos de vuestras monturas [=alejaos de mí]
Pues yo estoy más inclinado hacia otra gente que no sois vosotros.

De la misma tribu que ‘Antara fue ‘Urua ibn al-Ward, que se rebeló contra su propio padre y su tribu abogando por un sistema social que se basara en la igualdad y el reparto de la riqueza. En lugar de enfrentarse a los demás espada en mano, juró no casarse para no engendrar hijos que vivieran en un sistema injusto. Se dice que nunca tocó a ninguna mujer. En cualquier caso, sus versos de amor son muy castos. Como ‘Antara, usa el diálogo, pero se muestra más directo y popular, empleando discusiones y proverbios. En general, es considerado el su‘lûk más sereno y maduro.

Aventurero y atrevido fue Thâbit ibn Yâbir ibn Sufiân al-Fahmî. En cierta ocasión preguntaron por él y su madre respondió: “se ha echado un mal al sobaco” (en árabe, ta’abbata sharran), queriendo decir con eso que había empuñado una espada. Desde entonces fue conocido con ese sobrenombre. Llega a describir una lucha contra un gûl[3], aunque destaca por su elegía a cada uno de los sa'âlik, e incluso a sí mismo antes de que lo capturaran y degollaran.


NOTAS

[1]  Fenómeno conocido en la literatura inglesa, y de ahí aplicado el nombre a otros casos posibles, de invención de una literatura romántica atribuyéndola a una época anterior.
[2]  Movimiento sociocultural que predicaba el orgullo de los pueblos (shu'ub) islámicos no árabes ante las tribus (qabâ' il) árabes.
[3]  Ogro, demonio que mata a las personas en el desierto.