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LA CULTURA CULINARIA ANDALUSÍ Y SU INFLUENCIA EN MESOAMÉRICA Redacción Alif Nûn
A través de una visión
general de lo que fue la cultura andalusí de la alimentación
entre los siglos VIII y XV, llegaremos a ver qué ocurrió
con esos productos y las formas de cocinarlos una vez cruzaron el Atlántico,
rumbo a tierras con una cultura culinaria completamente distinta. Analizaremos
lo que hoy en día, sin conocimiento de ello, se sigue cocinando
de la lejana Al-Andalus de hace más de 500 años. La primera parte, lo que es la exposición
teórica de como se comía en Al-Andalus en aquella época,
está basada en textos literarios ya existentes. Después
pasaremos a un estudio comparativo del futuro de aquellas costumbres,
para dar una visión lo más objetiva posible de la realidad
actual.
Nos encontramos en la Península
Ibérica poco antes de la llegada de los árabes. En este
momento, España tenía una fuerte influencia del Imperio
Romano y había adoptado alguna de las novedades llegadas con los
godos. La población se alimentaba principalmente de harinas en
forma de pan y sopas espesas acompañadas con aceite. La aristocracia,
por su parte, tiene algo de más variedad, como ya veremos más
adelante. Las costumbres culinarias traídas por los árabes a partir del s. VIII, van a ser adoptadas poco a poco como toda su cultura en general, ya que el pueblo árabe no las impuso, sino que a través de ocho siglos fueron asimiladas por la población. Podemos mencionar concretamente el papel
de Ziryâb, a quien se le atribuye la introducción en España
de los platos más refinados de la cocina de Bagdad y su código
de la buena mesa, donde se explica en qué orden se han de servir
los diferentes manjares, primeramente las entradas frías, luego
venían las sopas y detrás las carnes y platos de aves fuertemente
sazonados a la vinagreta o al garum, para finalizar por los platos dulces.
Recomendaba manteles de lino grueso y demostró que las copas de
cristal combinaban mejor con la decoración de la mesa que los cubiletes
medievales de oro y plata. Existen además crónicas
históricas que revelan esta influencia oriental, así como
textos literarios andaluces en verso o prosa. Se han hallado libros de
cocina andaluces durante los últimosa años, como por ejemplo
la "Risala fi-l-agdiya", libro de cocina y tratado de dietética
escrito por Abu Bakr 'Abd al-'Aziz al-Arbulí de orgen nasrí.
La base de la alimentación era
el trigo, que se panificaba en la forma candeal (burr). Este se
amasaba en la casa diariamente, se preparaba sobre una tabla y se tapaba
con servilletas, para que el muchacho de la tahona lo llevase al horno
público a cocer. Más tarde, lo devolvía ya listo,
y en pago se quedaba con parte de los panecillos para ser vendidos en el
zoco. Los panes eran normalmente en forma redonda. Esta información,
en cuanto a la preparación del pan, la encontramos en los tratados
de hisba. En los campos de batalla la forma de
cocer el pan era distinta. Se hacían unas excavaciones en el suelo
en forma circular, y se enterraba la masa en el rescoldo de las cenizas calientes. El pan levantado o cocido al horno es
la evolución de las galletas bereberes ralladas, las gachas y las
sopas, en una etapa de amasamiento, donde el agua modifica la propiedad
de la pasta, y la fermentación la aligera a través de la levadura.
Tanto Averróes como Maimónides, comparte la prescripción
dietética de no separar el salvado de la harina de flor, opinión
que se reafirma en nuestros días. A veces, las gentes pobres, también
hacían pan con las raíces y semillas de granos, conocidas
con el nombre de Jara, y que hoy en día aún se consumen en
las montañas del Norte de Marruecos. Existían diversidad de panes según
sus ingresdientes, así tenemos el pan de avena y jengibre, el de
dátiles y nueces, de pasas y almendras, el pan de comino, el pan
pita, ese pan redondo y plano que al ser cocido se hincha y era muy utilizado
para ser rellenados. Tenemos para las fiestas y días sábados
el pan trenzado judío, unas veces dulce y otras salado. El pan sin
levadura como acompañamiento, o para envolver carne. Y el más
tradicional, que se consumía en las fiestas de verano, el pan de
uvas, pasas y azafrán.
A parte del pan y el aceite, el plato
más popular de Al-Andalus era la harisa, papilla compuesta
de migas de pan blanco o sémola, expuestas al sol a secar y fermentadas.
Se cocinaban con trozos de carne de cordero y algo de grasa, todo ello
encubierto con agua. También se hacían otras sopas espesas
de diferentes féculas, como el samid de sémola. Los
purés de lentejas, de habas o de garbanzos. Las sopas de hierbas
y levaduras y el yasis, una sopa de verduras y trigo. Todos
estos platos se servían en escudillas de loza y con cuchara de madera. Tenemos la 'asida, papilla de
harina de trigo, cocida en un potaje de verduras frescas. El tarid,
pan migado en un caldo de carne y verdura y el bulyat, especie de
papella preparada con aceite. El famoso alcuzcuz de nuestros días,
fue adoptado en la epoca almohade, y se difundió ampliamente en el
tiempo de los nasríes; se compone de sémola cocida al vapor
y rociada con caldo. La palabra se deriva de "Rac keskes",
que significa majar, moler: onomatopeya que evoca el ruído producido
por el vapor al escapar del coladero. En cuanto al famoso Gazpacho andaluz
a base de legumbres y panes, tenemos que precisar, que no pertenece a la
cocina andalusí, sino a la preibérica.
Las pastas alimenticias aparecen imponiéndose
a las gachas y las sopas espesas en la época del verano. Se preparaban
con trigo duro, agua y sal; una vez amasadas, se les daba la forma, bien
de fideos, de Trii (macarrón), etc. y se ponían a
secar para mantenerlas en buen estado. El Alcuzcuz, hecho a base de sémola,
llegó a finales del s. XII como variante de la sopa de pan, pero
no arraigó en esta tierra sino en la del Norte de África. El arroz fue introducido en Al-Andalus
en esta época procedente del Extremo Oriente. La forma más
popular de cocinarlo era con agua y leche en igual cantidad, añadiendo
algo de manteca y espolvoreado con canela. Se dejaba a veces cocinar toda
la noche hasta que quedaba deshecho, o bien se echaba en remojo antes de
cocinar, para conseguir una consistencia cremosa.
Las hortalizas que la fértil tierra
de la España musulmana producía, que según Plinio,
no había en la antigüedad nada más admirado que el jardín
de las Hespérides, eran de muy buena calidad y variedad. La Berenjena,
llamada aún la extranjera allá por el s. XIII por Ibn Razin
y en el Anónimo de Cocina Andalusí, tiene sus orígenes
entre la China y la India, pero al llegar a Al-Andalus se hizo tan famosa
que creó época, la llamada época de Berenjena, ya
que empezó a aparecer en infinidad de platos, como por ejemplo,
las tortitas de Berenjenas, las Mirkas o salchichas de berenjenas,
Isfiriya, rellenas con manzanas y pescados, o con carne y
pistos. El queso con berenjenas, donde se mezclaba la pulpa de la berenjena
escaldada con almendras, huevos y especias, se ponía en una cazuela
cubierto con el queso y el aceite y se doraba. En la época de la Córdoba
omeya, Ziryâb le dió su nombre a una de sus recetas, fue
un plato de habas saladas y asadas llamado ziryâbi. La haba
se cree originaria del Irán, y en la cocina andalusí se consumió
especialmente en puré para hacer más fácil la disgestión,
o hervidas acompañando a platos de cordero con vinagre y garum. La escarola, sobre la que Ibn Sina (Avicena)
escribió un tratado completo, comenzó como planta medicinal,
y una vez descubierto el proceso de blanqueado, pasó a ser utilizada
en variedad de platos y ensaladas. El ruibarbo, raíces de las que
surgen unos tallos verdes, cuyas yermas son empleadas en la cocina en forma
de sopa, en guisos de cordero, en compota con miel y fugo de naranja, jengibre,
siropes, etc. El espárrago conoce también,
como la alcachofa, un gran éxito, no sólo en la cocina afrodisíaca,
sino en infinidad de recetas, escaldados y a veces envueltos en garum,
aceite dulce, alcaravea y condimentados. cocinados con carne se hervían
aparte y se colocaban sobre ésta, espesando la salsa con clara
de huevos. El ajo y la cebolla no eran permitidos
en crudo, probablemente por el olor que daban al aliento; se utilizaba
principalmente el jugo en las cocciones. Asímismo, el puerro tampoco
gozaba de gran crédito en la cocina andalusí. La calabaza formó parte de una
alimentación agridulce. Aunque su disgestión es lenta, se
cocinaba de diferentes maneras: con vinagre y carne, o bien una vez cocida
se envolvía en huevos, cilantro y harina. También se preparaba
con leche y queso en puré. Las zanahorias, el pepino, la col, las acelgas, la borraja, el palmito, el nabo, etc., estuvieron también presentes en la mesa andalusí. El elemento ácido, además
de por el viangre, es aportado en las comidas por las raíces secas,
las granadas, los higos y las manzanas. La aceituna, empleada como legumbre
no tuvo relevancia comparada con el aceite.
En esta época se saboreaban las
frutas frescas como la cereza, la granada, la azofaifa, la mora, la toronja,
el melocotón, el membrillo, la sandía, la ciruela, todas
ellas alabadas por los viajeros árabes de la Edad Media. Al-'Umari
alabó las excelentes manzanas de los alrededores de Granada; las
naranjas y cidras, los limones, los plátanos de Almuñécar,
las uvas de Cartama y de Málaga. El fruto más corriente era
el higo de Málaga, cuyo sabor era apreciado por los habitantes del
Magrib.
Se sabe que el vino fermentado, aunque
prohibido, se consumía. Las uvas más famosas fueron las
de moscatel y las sultanas. El zumo de las uvas es el mosto antes de entrar
en la fermentación natural. Si el mosto se hierve y se conserva en
una botella sin entrar en contacto con el aire, se evita la fermentación.
La época de la vendimia era muy celebrada con fiestas y zambras.
El mosto de uva servía para cantidad de condimentos, como el mosto
ardiente o mostaza. No sólo el vino de uva era conocido
se preparaba también el vino de azucena a escala industrial. Se
tomaba para hacer una buena digestión, y se conservaba en jarras
grandes. Los textos andaluces hacen constar que,
aunque el vino fuese apreciado, las bebidas más corrientes eran
el agua, aromatizada con esencia de rosas o azahar, la leche y los jarabes.
Estos son la conjugación del azúcar y la miel junto al perfume,
y sirven para dar salud y equilibrio al cuerpo. Había jarabe de
membrillo de hierbabuena, de manzana, de limón y el más
especial para las fiestas, el jarabe de horchata.
Los animales representaban un alimento
complicado de manejar en la época islámica, ya que su religión
prohibía ciertas formas de cocinar las carnes, como por ejemplo las
carnes estofadas; la relación entre sangre y muerte del animal estaban
supeditadas a ciertos ritos tradicionales, así como la prohibición
de comer cerdo, y el control estricto en zocos y vendedores ambulantes en
cuanto a estas normas y a la limpieza. Las texturas que más gustaban eran
las tiernas, se presentaban fritas, asadas, cocidas, machacadas y picadas
para la constante presencia de albóndigas y otras formas de carcutería.
La técnica de cocinar las carnes y después freirlas o asarlas,
seguido de una enorme mezcla de especias, lograban la dependencia total
de los sabores deseados, sin olvidar su presentación estética:
azafrán y yemas de huevo, cilantro verde y menta, de color dorado,
compactas en la presentación final y espolvoreadas de almendras molidas
o canela para regocijo de los ojos. La carne más apreciada era la de
los carneros jóvenes, seguido de las ovejas medianas, los corderos,
cabritos y animales de caza. Las frituras de carne se hacían en trozos
pequeños con especias, tomillo y vinagre y cuando estaban cocinadas
se le añadía aceite y garum. La tafaya, cuya
invención parece deberse a Ziryâb. Los escabeches llamados
al-mujallal, que se servían en comidas nupciales. Los
conocidos hoy en día como pinchos morunos, eran en aquella época
de salchichas llamadas mirkas. Los días de fiesta se servían
alimentos de origen animal, se mezclaban las carnes de reses con la caza
y se hacían platos sorprendentes como la vaca sorpresa, que era un
cordero cuyo vientre se rellenaba con un ganso y el ganso con un pollo y
éste con un palomo, con un zorzal y pájaros pequeños,
regado todo con una salsa.
La carne del pescado se aprecia según
la calidad de su grasa. Se considera el pescado de mar mejor que el de río,
y el pequeño mejor que el grande. Después de quitarles las
escamas, se les daba una primera cocción y se preparaban como las
carnes. La presencia de cereales en el plato era importante, ya que se consideraba
que atemperaban las carnes frías y húmedas de los pescados. Se comía el camarón, la
trucha, la anguila de río, el congrio, la sardina en escabeche o
sofritas con frutos secos, el pez espada, el esturión en albóndigas,
o a la barbacoa. También se consumían los moluscos, sobre
todo se tomaba el caparazón triturado en un líquido y cocinado
como antídoto contra venenos y otras enfermedades. Las huevas de pescado, se consideraban
más dañinas que el animal mismo, por ser aún más
frías y húmedas que éste, pero el sabor era delicioso.
Se cocinaban y se ponían en salmuera o se hacían en tortilla.
Según las recetas del Anónimo
Andalusí e ibn Razin, se utilizaba el Garum, heredado de los
fenicios, para dar el gusto agridulce y neutralizar lo graso de las comidas.
Esta salsa, era la salsa del pudrimiento, principalmente de los intestinos
de pescados. Existían muchas formas de preparación, una de
ellas era el Liquamen, que se preparaba con la mezcla de pescados
y sus entrañas, principalmente de caballa y pescados pequeños
hechos una masa y fermentados. Una vez puesto al calor y reducida la parte
líquida, se colocaba una vasija y el líquido filtrado se conocía
como Garum. La Salmuera era también un tipo de Garum. Los buenos platos dependían de
la calidad del Garum y por lo tanto de un buen cocinero. Según
se combinase con agua, vino, vinagre, aceite, etc., recibía distintos
nombres como Hidrogarum, Denogarum, Oxigarum, Oleagarum.
Más tarde el término Garum se simplifica bajo el nombre
de Morri. Existían otros tipos de Garum,
además del de pescado, como el de pan. Moliendo la cebada, se amasaba
en una bola, se envolvía en hojas de Cabrahido y se secaban al sol,
espolvoreando con salvado al menos durante veinte días. El garum
de mosto, a base de harina de trigo, sal y dorado en el horno. Se podían
formas también unas galletas secas con el garum para su más
fácil utilización en la cocina. Otra manera de conservación de
los alimentos era a través del viangre, del que existían muchas
variedades, siendo el más utilizado el vinagre de lima. En ausencia
de éste se utilizaba la acidez de los frutos. La sal procedente de
las alinas del Mediterráneo se utilizaba también como medio
de conservación en la salazón de carnes y pescados. Las aceitunas se conservaban en vasijas
de arcilla con la siguiente mezcla: aceita, sal, orégano y a veces
cilantro, luego se cubría de agua.
El aceite es siempre el aceite de oliva,
lo que exalta lo suave y lo dulce, lo que atempera los gustos demasiado
fuertes, y ni siquiera se puede pasar sin él cuando la comida ya está
engrasada con manteca. El aceite es lo que lleva el sabor al nivel deseado.
El mismo Corán exalta el aceite: "El aceite es tan limpio que resplandece
aunque no lo toque ningún fuego". Las olivas verdes eran encurtidas en salmuera
y las negras eran separadas en dos grupos, para la mesa y para el aceite.
De la aceituna verde antes de su hidratación, se sacaba un aceite
ligero y translúcido llamado onfacina. Según con la
presión a que se sometían se obtenían diferentes cualidades
de aceite. Otros tipos de aceite se extraían
de las semillas secas, como por ejemplo el aceite de almendra, el de sésamo,
de mostaza, el aceite de piñones, que puede sustituir al aceite de
oliva y tiene un sabor muy agradable, entre otros.
La historia de las especias es la misma
historia de los árabes, por ellas se ha luchado para detentar el
poder económico. Ellas son las que en su orden correcto consiguen
la alquimia culinaria. Es igual si en seco o verde, todo lo que aromatiza
cuida y hace bien. Las hierbas aportan el bouquet, las especias proporcionan
el fuego. En las tierras de Al-Andalus se cultivaba
el comino en la región de Sevilla, la alcaravea que procede de Armenia,
el berro, el anís o comino dulce, la mostaza que crece en los jardines
y contiene el pepinillo, el cilantro que se lleva la palma sobre todas las
hierbas, y la pimienta que neutraliza la grasa de las carnes. La canela fue muy apreciada y no sólo
en el mundo árabe, sino en toda la Edad Media europea. Aparecía
en toda clase deguisos y postres. Existían dos clases, la de Ceylán
y la de la China.
El ser humano es atraído por lo
dulce, y el andalusí se reservaba su momento para deleitarlo. La
combianción de la harina y de la miel traslúcida, dátiles
majados, especias y perfumes, crean una emanación, que no es gusto
ni olor, sino ambas cosas a la vez, que deben de estar presentes en la ligereza
de su estética. El mejor azúcar de aquellos tiempos
era el de caña venido de la India. Se conocía también
el azúcar cristalizado y el candi para masticar. Se trabajaban los
turrones, que se hacían con miel, aceite y almendras cortadas y algunas
variedades con claras batidas. Los mazapanes se elaboraban con frutos secos
mlidos, sémola y almendras en gran cantidad, azúcar fino,
aceite y perfumado con jarabe de rosas. Las hojaldradas con dátiles
se hacían en tortitas muy finas rellenas de dátiles machacados. Las pastas se elaboraban hirviendo la
fruta (membrillo, corteza de naranja, rosas frescas o violetas, nueces,
etc.) con miel sin espuma para obtener la consistencia de la pasta. Se utilizaban
en la farmacopea. * * *
La alimentación en Mesoamérica
a comienzos del s. XV
Contrariamente a lo que
a veces se cree, cuando los españoles llegaron a Mesoamérica
se encontraron con una enorme diversidad de plantas cultivadas y con una
cocina que, aunque para ellos extraña y mil veces sorprendente, era
abundante y refinada. Existían en esas tierras, entre otros, el maíz,
el cacao, el achiote, la batata, el zapallo, el ayote, el chayote, la vainilla,
el pimiento en sus múltiples variedades, el frijol (del que se conocían
por lo menos diecisiete tipos diferentes, a decir de los botánicos),
el tomate, la yuca, el aguacate, la anona, la pina, la papaya, la guanábana
y muchos más. De las cartas de los conquistadores
y los relatos de los cronistas, se infiere que la alimentación aborigen
tenía como base energética al maíz y como protéica
al frijol, a lo que agregaban las vitaminas del pimiento, el ayote y otros
vegetales silvestres. A esto se sumaba, en algunos lugares, y en ciertos
sectores sociales, la caza y la pesca, al igual que batracios, roedores y
reptiles. Los platos preparados
con esta gama de elementos culinarios distaban mucho de ser insípidos
o aburridos. Bernal Díaz del Castillo preservó para la historia
la descripción de los banquetes de Moctezuma, cuyo señorío
y modales resalta el cronista español, y nos dice: "porque cotidianamente
le guisaban gallina, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra,
codornices, patos mansos y bravos, puerco de la tierra, pajaritos de caña,
palomas liebres y conejos y muchas maneras de aves y cosas que se crían
en esta tierra, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto", Ahora bien, como en el
resto de Mesoamérica, en las culturas precolombinas, el maíz
y el frijol eran el eje central alrededor de los cuales se conformaba la
alimentación de la población. Del máiz una vez molido,
se preparaba una masa y en forma de tortillas se cocinaban en una plancha
caliente o comal; modo que actualmente sigue siendo utilizado. El tamal,
donde la masa del máiz se rellena de verduras y carnes, se envuelve
en la hoja de la mazorca de maíz o del platanero y se pone a cocer.
El máiz en cazuela con otras verduras o el pozol, cocimiento de máiz
con auga la que agregaban distintos condimentos. Éste, al igual que
las tortillas, los tamales y los atoles, siguen preparándose actualmente
con algunas variantes, pero en general con gran fidelidad a su raíz
prehispánica. Nos hablan los cronistas
de otras tortas hechas de máiz, despicado antes de molerlo para que
quedara más tierno, que los españoles comenzaron a cocer en
horno a la manera de España, en forma de roscas o tortas, convirtiéndose
en un excelente bizcocho para llevar en las largas travesías por
mar. Según Gonzalo Fernández
de Oviedo, en el área de influencia mesoamericana, además del
máiz, las calabazas, el frijol y el pimiento ya mencionados, los indígenas
consumían multitud de mariscos, jocotes, papayas, zapotes, nísperos,
aguacates, la miel y el cacao que bebían con vainilla y achiote (el
azafrán indígena). Consumían también la batata,
que condimentaban con hierbas de olor y que se preparaba cocido, asado, en
forma de diversos potajes y aún como verdura de sartén. De
la yuca preparaban un pan que se llamaba caçabe.
Nacimiento de la cocina criolla
La cocina criolla nace
en el s. XV de igual manera que en el s. VIII nació en Al-Andalus
la cocina andalusí. Los productos fueron llegando de España
y se furon combinando con los que acabamos de ver del mundo prehispánico.
Es una maravilla observar como se perpetúa ese mundo andalusí
en América a través de su cultura culinaria. Juan de Cavallón
llevó a esas tierras ganado vacuno y caballar, cerdos, ovejas y cabras,
lo mismo que semillas de trigo, en el año 1561. Poco a poco, los
españoles fueron aportando al universo alimentario diversos productos,
tales como melones, pepinos, hierbabuena, menta, berenjenas (la famosa extranjera
andalusí), apio, lechugas, repollo, avena, cebada, etc.
Utilizando los ya asentados
colonizadores la amplia gama de productos que hallaron, sumados a los que
trajeron de España, se fue conformando esa mezcla rica en sabores
y variedad, guisada con el tiempo, y elaborada cuidadosamente con el mestizaje
que es la cocina criolla. La finalidad no es hacer
un estudio detallado de la cocina criolla, sino sencillamente, después
de haber viajado por la mesa andalusí y la prehispánica, ver
que ha pasado. Habría mucho material para profundizar, pero nos
conformaremos con ver el reflejo de lo ocurrido. Detngámonos para
hablar de las mistelas, esas deliciosas bebidas espirituosas obtenidas
mediante la mezcla bien medida de leche y aguardiente, canela y azúcar,
o bien jarabes de frutas frescas, mezcladas con clavo de olor y licor en
cantidad suficiente. Los zapotillos, pequeñas golosinas de
leche, azúcar y arroz molido que se recubren de polvo de canela, después
de azucararse y cocerse cuidadosamente en el fogón. Los prestiños,
co el jugo de naranja y bañados de miel, variación criolla
del pestiño andaluz. El manjar blanco con almendras, del que
persiste la receta que llegó en tiempos de Felipe IV. Los melindres,
bolitas de azúcar y huevos, a los que a veces s eles agrega harina
de trigo. Con el alfeñique
se pueden hacer infinidad de flores y figuras de azúcar. Los alfajores
de piña con jengibre y los polvores. Las cajetas, especie
de turrones de forma cuadrada o redonda hechos de coco, leche, piña
y corteza de naranja, su nombre proviene de las cajitas de madera en las
que se vendían al igual que los mazapanes. La bebida aguamiel,
elaborada con raspadura de caña de azúcar y las horchatas.
El arroz que arraigó en Centroamérica con más fuerza
que en la misma España, se prepara con leche, no llegando a deshacer
el grano como lo hacían los andalusíes. El ceviche, es
una forma de conservación del pescado a través del vinagre
o el limón. Los garbanzos en cocido y la forma de preparar la carne
y el pescado en albóndigas. Estos platos se han conservado.
La mentalidad por mantener una alquimia de los ingredientes que favorezca
la salud y sea agradable al ser humano se ha perdido, en una población
que ve su imagen en Norteamérica. ¿O existe una nueva alquimia
reflejada como podemos ver en la historia "Como agua para chocolate"? Dejémonos
fluir en ella. Bibliografía Arie, Rachel: España Musulmana. Ed. Labor, Barcelona 1994. Benavides-Barajas, L.: Al-Andalus. La Cocina y su Historia. Reinos de Taifas, Norte de África. Judíos, Mudéjares y Moriscos. Ed. Dulcinea, Motril 1996. Benavides-Barjas, L.: Al-Andalus. La Cocina y su Historia. Ed. Dulcinea. Motril 1992. Bolens, Lucie: La Cocina andaluza, un arte de vivir. Ed. Edaf, Madrid 1992. Muñoz Molina, antoni: Córdoba de los Omeyas. Planeta. Barcelona 1994. Ross, Marjorie: Al calor del fogón. Ed. y Proyectos Arcángel. San José 1986. Wilhelmy, Herbert: Welt und Umwelt der Maya. Ed. Piper. Munich 1989.
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