SANA'A DEBE SER VISTA

Vicente Plédel - Marián Ocaña - Javier Jayme

Innegablemente, el casco histórico de Sana'a constituye, en su conjunto, la gran obra maestra de la arquitectura urbana islámica. Sus edificios, en bloque o por separado, enamoran a primera vista y, en virtud de su indescriptible fisonomía, los historiadores, poetas y viajeros de cualquier índole, tiempo y lugar han dedicado y dedican a la vieja capital yemení todo tipo de alabanzas. Se habla, se comenta, se escribe y se insiste -hoy como ayer- en que se trata de una urbe única en su género, del mayor museo al aire libre del mundo, de la ciudad más bella de Arabia y de una de las más hermosas que jamás han existido. Consciente de ellos, la UNESCO la tiene inscrita en la lista del Patrimonio Mundial.
CasasYemen

Situada a no más de 800 kilómetros de La Meca, Sana'a fue una de las primeras villas en ser sometidas al Islam. Su conquista data del año 628. Desde entonces, sobre su límpido cielo empezaron a recortarse los esbeltos minaretes de las mezquitas -de las que hoy posee más de un centenar-, a cuyo alrededor proliferaban las medersas, escuelas para la enseñanza del Corán y los "hammam" o baños públicos. Un inventario del siglo XI totaliza 6.500 casas de varios pisos salpicadas entre primorosos parques públicos y privados que proporcionaron a la capital yemenita su más bello sobrenombre: "la ciudad de los jardines".

La mayor parte de los edificios de Sana'a no tiene más de tres siglos de existencia. Sin embargo reconstrucción tras reconstrucción, se ha logrado mantener en ellos la arquitectura tradicional de las prístinas ciudades islámicas. Su característica más notoria sigue siendo la multiplicidad en la decoración de las fachadas. Ornamentos abstractos y cenefas realizadas en estuco adornan muros y vanos de mil maneras específicas. Los diferentes enrejados de alabastro en las claraboyas -cuanto más finos y ricos más antiguos- materializan asimismo la estima en que cada yemenita tiene a su propia vivienda, ya que no hay dos puertas, dinteles o ventanas iguales. Uno descubre aquí que el pueblo árabe más aislado y de carácter más independiente, el menos dado a alardes retóricos y refinamientos ha sabido, no obstante, sacar a relucir sus talentos ocultos para hacer de su capital la joya arquitectónica más hermosa e insólita de todo el Oriente.

Tras la revolución de 1962, los cambios en el país se sucedieron muy rápidamente. El gobierno del entonces recién constituido Yemen del Norte impulsó las reformas democráticas e intentó una modernización global de las apolilladas estructuras económicas y sociales del imanato, haciendo de Sana'a su centro político y adminsitrativo. En apenas un lustro, la capital creció al doble de su tamaño. Fue necesario derribar trozos enteros de su muralla para dejar espacio a los nuevos barrios. Entre 1964 y 1985 la población pasó de 55.000a 500.000 habitantes y el censo realizado en 1994 arrojaba ya casi el millón de personas viviend en Sana'a. Este crecimiento prosigue sin ningún control y, de continuar así, se estima que las aguas freáticas de las que se abastece la ciudad se habrán consumido por completo hacia el año 2010.

Calles Sana'a         Con sus callejones estrechos y sus casas antiguas, la median resistió los vientos de la modernización. Evidentemente, no resultaba el lugar idóneo para construir oficinas comerciales y edificios públicos. Esta circunstancia la preservó de desastres urbanísticos, pero condujo, a su vez, al abandono progresivo de las medidas necesarias para su conservarción. A mediados de la década 1970-80, el casco viejo de Sana'a fue reconocido oficialmente como uno de los más dañados del mundo. Hasta que el 1984, aprovechando la conferencia de los ministros de asuntos exteriores de los países islámicos en la capital yemení, el gobienro, de común acuerdo con la UNESCO, tomó la decisión de salvaguardarlo y hacer lo propio con el de Shibam, enel valle de Hadramaut. En lo que concierne al primero, el coste de la operación se elevaba a 233,5 millones de dólares (la contribución de la RAY se reducía al medio millón añadido a esos 233,5) y debía durar un lustro. Este plazo se alargaría posteriormente en varias ocasiones, la última de las cuales corresponde a la prórroga de 1994.

Pero, ¿qué es lo que hace de Sana'a una ciudad única en el planeta? La respuesta es sencilla: la median, su barrio histórico. De modo que, para aclarar el asunto, debemos transformar la pregunta inicial en otra: ¿y qué tiene de especial la medina, ese laberíntico corazón de piedra, arcilla y estuco resuelto en la presencia masiva de unos edificios de cuento de hadas con su telaraña de calles íntimas? No caba citar sólo lo que ya sabemos. O sea: su deslumbrante originalidad arquitectónica y su abrumadora belleza plástica. Ambas saltan a la vista y logran, sí, colmar con creces la capacidad de asombro de cualquiera. La nuestra, sin embargo, ya la habían saturado antes y en más de una ocasión, durante nuestro recorrido por el Sarat. Las casas-torre de los "nidos de águila" poseen estos mismos atributos, si bien en la capital resultan magnificados por la mayor cantidad y calidad de la obra construida (desde el Suq al-Baqr, el centro geométrico del casco antiguo, es posible andar al menos medio kilómetro en cualquier dirección sin encontrar una sola edificación al estilo occidental o que tenga menos de dos siglos). No; definitivamente, hay algo más, un interés que no reside únicamente en lo que se ve y se palpa. Aunque eso sólo lo descubriremos al penetrar en el zoco y dejar que las horas se acumulen paseando sin rumbo y sin prisas, absorbiendo el ambiente y la vida que sale a nuestro encuentro en cada calleja y en cada rincón, incluso en los más insospechados. Sólo entonces caeremos en esa seducción invisible que, unida a su hermosura y su singularidad nos dejará en el alma la huella de Sana'a como algo único, fuera de toda posible comparación.

Empezamos a patear el barrio histórico por la mañana, a horas no demasiado tempranas. La puerta de Bab al-Yemen, reliquia de los tiempos de la segunda ocupación turca, es su acceso principal;hasta mediada la década de 1950-60, todavía se cerraba con llave coincidiendo con la llamada a la última oración del día. Desde ella, excitados por una saludable curiosidad, nos dirigimos hacie el Suq al-Milh (literalmente, mercado de la sal). Al fondo, sobresaliendo por encima de las casas, los minaretes de la Gran Mezquita, erigida en vida de Mahora, constituían una referencia fija para no desorientarnos desde el principio.

No tardamos en llegar a los puestos de avanzadilla. Pese a lo que su nombre indica, en el Suq al-Milh se puede comprar de todo; son 500 metros de longitud abarrotados de tiendas y mostradores callejeros que hacen de él el mayor mercado urbano del país. Apretados entre la muchedumbre, nos íbamos sumergiendo, sin darnos cuenta todavía, en otra dimensión del tiempo. Hasta que, inevitablemente, como a cualquier occidental que visita el zoco de Sana'a nos envolvió el pensamiento de que nos habíamos colado por una puerta mágica en los ambientes descritos en Las mil y una noches.

Será un tópico, pero no por ello es menos cierto. Aquí nada o muy pocas cosas deben haber cambiado en los últimos dos mil años. O sea: prácticamente desde que existe. El zoco de Sana'a se compone de unos cuarenta "suq", cada uno de ellos dedicado a una actividad comercial específica o a un determinado gremio artesanal. En otro tiempo, cada "suq" era controlado y administrado por un "sheik" y contaba con su correspondiente "samsarah" o "caravanserai", donde los mercaderes que acudían de fuera podían hallar posada, alojar a sus camellos en los patios y almacenar sus productos hasta consumar su venta.

Dado que pertenecían casi siempre a una mezquita, los "caravanserai" gozaron siempre de la condición de "hidjra", lugares de refugio en los que toda pelea quedaba prohibida, con armas o sin ellas, lo cual hacía posible que dos hombres enemistados hicieran allí sus negocios al mismo tiempo sin peligro de llegar a las manos. Los mercaderes sabían, por triste experiencia, que la guerra es el peor enemigo del comercio. El "samsarah" era, además, una verdadera institución, a través de la cual el "sjeik" podía fiajar tasas y recaudar impuestos. Desde que los camellos fueron sustituidos por los vehículos a motor, estos antiguos locales se destinan a las ventas al por mayor y al almacenamiento de alimentos secos. Todavía hoy existen cerca de 20 dentro del zoco; se les reconoce por sus fachadas de ladrillos adornadas con azulejos.
Zoco

Viniendo desde Bab al-Yemen el paso por el Suq al-Milh resulta prácticamente obligado. Aquí acuden todas las mañanas los campesinos de los alrededores, a vender sus productos y a comprar los que necesitan. La multitud presente a diario incluye también a gente de la capital, a beduinos del desierto, a contrabandisas que introducen su género desde Arabia Saudí y a los turistas extranjeros. La sensación de caos es sólo aparente. Todo funciona a las mil maravillas, apoyado en tradiciones inalteradas durante siglos.

Desde el Suq al-Milh el abanico de posibilidades se abre hacia los cuatro costados del zoco. La oferta es casi ilimitada. El mercado de especias se anuncia antes de penetrar en él, porque su mezcla de olores le oficia de mensajera. El aire nos llegaba cargado de fuertes aromas de pimienta, comino canela, cardamomo, tomillo, menta, clavo y azafrán. Vimos que también era posible conseguir incienso, mirra y aceites esenciales, mercancías que hace ya milenios circulaban a través del reino de Saba camino de los centros civilizados del mar Mediterráneo.

Suq al-Qawafi, el mercado de sombreros, es contiguo a Suq al-Qasib, estrecho pasadizo donde se venden los narguiles, las pipas de agua. En las tiendas de contrabando es posible encontrar desde radios, televisores y "cassettes" hasta cuernos de rinoceronte africano, muy aptos para fabricar las empuñaduras de las "jambiyah". A una zapatería sucede una tienda de telas exóticas importadas de la India o de China. En el área dedicada al negocio del "qat" las hoas desechadas alfombran las calles todas las tardes. También los plásticos de color rosa que sirven para envolver los ramos; cuando sopla el viento levantan el vuelo por cientos, como una invasión de langostas, acaparando el aire y cuanto pillan a su paso. En uno de los tenderetes leímos un sugestivo mensaje: "Masca y relájate. El éxito te sonreirá". Prueba elocuente de que la fe de los yemenitas en las supuestas virtudes del "qat" es incommovible.
Jambia

Suq al-Dshanabi es la zona de los forjadores de "jambiyah", las formidables dagas curvas yemenitas, símbolos de virilidad. A partir de los 14 años cada varón porta la suya en un ancho cinturón lleno de brocados. Más que un arma, la "jambiyah" es un accesorio que evidencia la posición social de su dueño. Por la calidad de su hoja de acero, del puño y de la vaina se reconocen el rango y la riqueza de quien la lleva. Naturalmente, las hay de todos los precios y para todos los gustos. Las más sencillas pueden conseguirse por 20 ó 25 dólares. Se trata, sin duda, del negocio más próspero del zoco. "Aquí, en Yemen, es como el traje y la corbata entre vosotros -nos comentó Abdul en cierta ocasión-; no podemos salir de casa sin ella".

Al ver que nos deteníamos a curiosear, uno de los artesanos se empeñó en enseñarnos su tienda, supongo que con la esperanza de que le compráramos alguna. El muestrario era amplio y, sin ser especialistas, nos dábamos cuenta de que los materiales empleados entían finura y alta estofa. Marián se fijó en una "jambiyah" que estaba expuesta un poco aparte de las demás: empuñadura de asta de marfil con filigranas de oro, vaina de plata delicadamente labrada y cinturón forrado de brocados en oro y plata. Una auténtica maravilla.

- ¿Cuánto vale ésta? -preguntó en inglés, por no quedarse con las ganas de saberlo.

El hombre esbozó una sonrisa de decepción. Sabía, de antemano, que la posiblidad de vendérnostla era prácticamente nula. Comprendimos su escepticismo cuando nos indicó el precio. Aquella preciosidad curvada y afilada valía la friolera de 3.000 dólares. Sin duda, estaba destinada a embellecer el cinturón d eun "saada" o de un "quda", los miembros de la aristocracia y de las clases altas yemeníes.

Proseguimos nuestro paseo por el zoco, decididos ya a marchar a la deriva por sus dédalos y angosturas, siempre en busca de sensaciones novedosas. De este modo fuimos a dar con las calles del Suq al -Hadadin, donde se concentran los herreros. Nos aventuramos por un pasadizo de hechuras medievales que se retorcía entre las casas, asfixiado en el abrazo de fachadas y portales con pátina de siglos. El ruido próximo de un martilleo nos guió hacia quien lo producía. El hombre se hallaba trabajando en el interior de su propia vivienda, descalzo y sentado en el suelo tras el vano de la puerta. Ésta, fabricada en una sola hoja de madera, permanecía abierta hacia el exterior. Detrás del herrero una cortina de oscuridad impedía ver el resto de la estancia, en la que lo único que percibíamos era el crepitar de la fragua. Dos tablones sueltos encima de una bolsa de plástico llena ¿de basura? hacían compañía a sus sandalias, depositadas en el único escalón de piedra entre la puerta y la calle. Olía a metales en fundición, a leña vieja y a piedra enmohecida.

En la casa de enfrente, a menos de tres metros de distancia, dos vecinos se sentaban a su vez en otro escalón similar, antesala de su propio zaguán. Ociosos, miraban la labor del formador, sin pronunciar palabra. Mascaban hojas de "qat" y, de cuando en cuando, escupían con indiferencia sobre el barro que pavimentaba el callejón. Otro hombre apareció de improviso tras la esquina de una tercera casa. Traía un bol metálico cogido entre ambas manos. Se llegó con paso lento a donde el herrero martilleaba y se paró ante su puerta, esperando que aquél le atendiera, sin mostrar prisa alguna por interrumpirle.

Todo lo que allí veíamos, todo lo que allí sucedía tenía el sello de lo ancestral, pero también de lo reciente. Era parte del acaecer actual y cotidiano en el zoco de Sana'a, un lugar que -bien nos dábamos cuenta- dispone del tiempo a su manera. No se trataba sólo de que allí nos sintiéramos transportados a la época de Harun Al-Raschid y del Ladrón de Bagdad; era que la vida de sus presentes moradores fluía ante nosotros con un ritmo que tampoco representaba el nuestro. Los yemenitas no cuentan los minutos, ni tampoco las horas. Sus plazas y calles carecen de relojes y la mayoría tampoco los lleva en su muñeca. El día se distribuye para ellos en mañana, tarde y noche, simplemente. A nuestra concepción del tiempo preciso ("a las cuatro en la cafetería del hotel") oponen la suya del tiempo relajado ("en algún momento entre el almuerzo y la cena"). Las prisas y el agobio no rezan con sus costumbres, lo cual no significa propiamente desidia o ineficacia. De esta manera -y en contra de las apariencias- la ociosidad de los convecinos del herrero, absortos en su martilleo mientras mascaban sus hojas de "qat" con errática indolencia, no era en modo alguno holgazanería, sino la expresión natural de una forma de ser y de estar, la afirmación de su particular filosofía de las cosas, del mundo y de la propia existencia.

Tras la hora del almuerzo, Sana'a cae en una especie de sopor paralizante. Es el tiempo de las siesta, que aquí es tanto como decir el de la "mascada de qat". Para alguien ajeno a su cultura -la práctica totalidad de los visitantes occidentales- resulta difícil de asimilar que la vida de los yemenitas se articule en otrno a la masticación de las hojas de esta planta, por muy gratificantes que sean sus efectos. Pero lo cierto es que el 80% de la población masculina adulta la utiliza regularmente como parte de un ritual de relaciones sociales fuertemente arraigado. Según su calidad, un manojo de "qat" para el disfrute de una tarde puede costar entre 8 y 50 dólares. Su consumo se extiende a todos los estamentos de la sociedad, de tal manera que la gente humilde puede llegar a gastar la mitad de sus ingresos mensuales en adquirir su ración diaria del estupefaciente.

Cuenta la leyenda que fue un pastor de las montañas el primero en advertir sus efectos eurofizantes en las cabras. Se decidió a probarlo él mismo y comprobó que podía permanecer despierto sin esfuerzo durante la noche, aprovechando así el tiempo para orar y elevarse en la meditación. Desde entonces, el consumo del "qat" forma parte de los hábitos del buen musulmán.

Es verdad que la planta crece en Yemen desde hace al menos setecientos años, si bien no es originaria del país. Se cree que su cuna fue Etiopía, de donde habría sido importada alrededor del siglo XIII. Por aquella época, los adictos estaban en minoría. Los sufíes abisinios se servían de ella con fines místicos y los ricos mercaderes, a su vez, con la idea de matar el aburrimiento. Las hojas tiernas y verdes contienen alcaloides que provocan un efecto embriagador y narcótico.

Se dice también que existen más de dos mil variedades. Los propios especialistas no se ponen de acuerdo a la hora de evaluar sus posibles efectos nocivos. Según estudios de la Organización Mundial de la Salud, el consumo permanente y excesivo de "qat" puede engendrar graves trastornos físicos y psíquicos. El sujeto experimenta una subida de adrenalina que provoca el aumento de la presión sanguínea y del pulso, seguido de la agudización de su emotividad y, posteriormente, de una pérdida del apetito y del sueño que puede conducirle a estados depresivos. Sin embargo, investigaciones llevadas a cabo por el Instituto Nacional de Abuso de las Drogas de Estados Unidos no encontraron indicios de que el "qat" tenga secuelas perniciosas para la salud.

Comoquiera que sea, el euforizante desempeña un papel crucial en la vida de los yemenitas. A media mañana los hombres se llaman por teléfono para decidir quien será el anfitrión del día. Más adelante se reúnen en el zoco para comprar los ramos y compiten entre sí para ver cuál de ellos encuentra el de mejor calidad y al menor precio. Ya por la tarde, los amigos, parientes y vecinos llegan a la casa elegida y se instalan confortablemente en el "mafraj", la habitación más amplia, más luminosa y con mejores vistas, dejando al dueño el sitio de honor, al fondo de la misma. Acto seguido desenvuelven sus manojos -normalmente miden medio metro de largo- de los plásticos en que los llevan para conservarlos frescos y comienza la tertulia.

Una detrás de otra las hojas de "qat" se mastican lentamente hasta formar una bola en el hueco de una mejilla, preferentemente la izquierda. El jugo resultante se va tragando con agua. Así, en los consumidores más acérrimos, lo que a primera vista podría parecer un gigantesco flemón no es más que la deformación producida por el hábito de la "mascada". Mientras tanto, las conversaciones, muy animadas al principio, se generalizan poco a poco y, al cabo de dos horas, decaen y se desvanecen casi por completo. Cada cual se abstrae en sus pensamiento y se limita a relajar el cuerpo. El glu-glu de los narguiles, las pipas de agua, es el único sonido que se escucha dentro de la estancia. Fianalmente, cuando las luces crepusculares se insinúan sobre las vidrieras del "mafraj", los contertulios se deshacen de las bolas, ya exprimidas y secas, soltándolas en una escupidera. El anfitrión hace servir un té con leche, antes de que el muecín llame para "al maghrib" la oración de la puesta de sol, momento en que los invitados se despiden para volver a sus hogares junto a sus mujeres, que han tenido también su propia sesión de "mascada" en la "tafrita".

Nos encontramos de nuevo en el zoco, cerca de Bab al-Yemen, después de anochecer. Un pálido rescoldo de luz crepuscular se empeña en resaltar aún las cornisas y los tejados contra un cielo ya vencido por la noche, mientras el laberinto de callejas ensaya con pobres resultados su propio y mortecino alumbrado artificial. Hace un rato, los altavoces de los minaretes repartidos por la capital retumbaban a coro con la quinta y la última llamada diaria a la oración, "al isha", saturando el ambiente de austeras melodías religiosas. Ahora y aquí, en este "suq", la música se compone de distintos guisos y aderezos golpeteos de martillos en las forjas y fraguas; bocinazos de vehículos carraspera de fritangas en los puestos de comidas al aire libre; murmullo de conversaciones en los bazares; chácharas de mercaderes; zumbidos repentinos de motocicletas; bullicio popular; balidos del ganado recogido en los pisos bajos de las casas... ¿Hay quién dé más? Un antiguo proverbio árabe asegura que "Sana'a debe ser vista". Totamente de acuerdo. Por mi parte, sin embargo, no habría inconveniente en que se le agregara una coletilla: "y también oída".

Paseamos sin rumbo y sin prisas por este abigarrado mundillo de auténticas raíces populares, que tanto nos atrae. En los talleres, los maestros artesanos esperan a sus últimos clientes. Los locales más pequeños sirven té caliente con cardamomo y dulces. Más allá hay un horno donde hacen "hodhs", las tortas de pan ácimo, el favorito de los yemenitas. Nos detenemos unos instantes ante la puerta, observando concuriosidad su proceso de fabricación. El panadero acaba de extender una delgada porción de masa cruda sobre la cabeza plana y circular de la "machbaza" utensilio a propósito para arrojar la oblea con fuerza contra las paredes calientes del "tannur" -fogón-, donde se queda adherida hasta que se cuece, momento en el cual se desprende la chapata, lista para ser consumida.

En uno de los puestos hay dátiles y uvas pasas a la venta, expuestos en varios recipientes. El muestrario nos sorprende por su amplitud. Dicen los entendidos que Yemen produce cerca de veinte variedades. Se consumen frescas o como estas que ahora tientan a Marián, incitándola a probarlas. Sin embargo, los yemenitas, respetuosos con su fe, nunca las destinan a la producción de alcohol. "El demonio, valiéndose del vino y de los juegos de azar -predica el Corán-, trata de provocar la hostilidad y el odio entre vosotros e impediros que recordéis a Dios y recéis vuestras plegarias. Manteneos apartados de ellos". Pues, a falta de vino, buenas son las pasas y Marián opta por comprarlas de tres clases distintas, repartidas en sendos cucuruchos de papel.

En la esquina contigua la gente se agolpa junto a otro de los tenderetes. Alberto, que camina delante, asoma las narices sobre los hombros de los parroquianos, dispuesto a averiguar lo que se cocina.

- ¡Eh, aquí hay un puesto de "shawarma"!

Esta vez ni lo dudamos. Menos aún con el hambre que tenemos. Por demás, la "shawarma" es nuestra favorita entre las especialidades culinarias yemenitas. La carne se prepara en un asador giratorio y, una vez hecha se rebana en finísimos trocitos, se sirve envuelta en "hodhs" y se puede comer como un bocadillo. Acompañamos los nuestros con dos zumos de mango por cabeza, antes de ir a la caza del postre -té con bollos- en otro establecimiento. Tan sólo el desconfiado Luis prescindió del "shawarma" del chiringuito y se contentó con unas frutas de un puesto aledaño.

A partir de las nueve de la noche la agitación humana en las calles cesa en un abrir y cerrar de ojos. Las bebidas alcohólicas son tabú y las parrandas y juergas nocturnas no tienen cabida en la sociedad yemenita. Todo el mundo se retira a sus hogares; tenderos, orfebres, comerciantes y proveedores hacen el balance diario de sus cuentas; los escolares repasan sus tareas y las mujeres zurcen las "zanna" de sus maridos o cosen cinturones para sus "jambiyah" antes de acostarse. Aquí, en Sana'a, algunos tienen televisión en sus casas. De todos modos, nadie trasnocha viendo los programas. Saben que, al día siguiente, el toque de "al fajr" en la voz del almuédano les sacará temprano de la cama para iniciar su actividad cotidiana.

[Capítulo seleccionado del libro "Tras las huellas de la Reina de Saba". Ediciones G.S.F.]