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DANZAR CON EL COSMOS
El samâ' de Maulaná Rumí y los derviches giróvagos Carlos Jalil Bárcena
“Varias son las sendas que conducen a Dios;
yo he elegido la senda de la danza y de la música” Hazrat Maulaná Yalaluddín Rumí (1207-1273)
El fervoroso cultivo
de las artes ha sido uno de los rasgos que ha conformado la singular
personalidad de la tarîqa mawlawiyya desde la época
del propio Maulaná -en árabe “nuestro maestro”-
Rumí, cuando ésta no era sino un mero
embrión de escuela, hasta nuestros días. Y todo ello
a pesar de las numerosas dificultades e impedimentos que la tarîqa
ha debido sortear con el discurrir del tiempo, especialmente durante
el primer tramo del tumultuoso siglo XX turco. Tal vez sean la música
y la danza mevlevíes, ambas estrechamente ligadas
entre sí, como veremos a lo largo de estas páginas,
las expresiones artísticas que mayor interés han suscitado.
De hecho son el núcleo de la metodología espiritual de
la tarîqa. Sabemos por el propio Maulaná
Rumí que ambas, música y danza, constituyen para él
no un desahogo catártico, ni tampoco un apéndice lúdico
de la vida espiritual del derviche, sino toda una vía completa y
privilegiada de aproximación mística a lo divino. “Varias
son las sendas que conducen a Dios;”, asevera el maestro persa con penetrante
vigor, “yo he elegido la senda de la música y de la danza”.
Dicho sin embudos, música y danza ocupan la centralidad del trabajo
mevleví. No se nos escapa, sin embargo, el hecho de que, con toda
probabilidad, los vocablos música y danza poseían, para un
místico musulmán del siglo XIII como Rumí, un
sentido radicalmente más sublime y trascendental que el que hoy
tienen para nosotros, en los albores de un siglo XXI caracterizado por
la frivolización del arte y la cultura, la banalización
de lo espiritual y el abuso sistemático del lenguaje. Con todo, la continuidad
en el tiempo de la transmisión espiritual y artística
mevlevíes se ha visto amenazada en momentos puntuales
de la historia por circunstancias diversas. Tal vez el instante
más dramático coincidió con la promulgación,
el 13 de diciembre de 1925, de la ley 677 del nuevo Código
Penal turco[2],
por la cual quedaban abolidas todas las congregaciones sufíes
(turuq), al tiempo que se prohibían sus manifestaciones
públicas, incluidas las musicales y la danza. En la nueva Turquía
republicana, el sufismo, visto por los kemalistas como una rémora
del pasado, no tenía cabida. Las congregaciones sufíes
fueron abolidas, en efecto, por ley, pero no así su espíritu,
que pervivió en una suerte de exilio interior, a pesar de las durísimas
condiciones impuestas por una modernización harto agresiva. Desde
cualquier punto de vista, una tragedia. Afirma el músico y derviche
mevleví Sadettin Heper: “Cuando la janaqah se cierra,
el propio derviche debe de convertirse en una janaqah”[3]. Como veremos a continuación,
el samâ’ mevleví es una suma espiritual escenificada
de algunos de los mitos fundamentales del Islam, ligados todos
ellos al sentido de la escucha, como bien lo ha sabido ver el musicólogo
francés Jean During[8]. De hecho, el término
samâ’ quiere decir “escucha”, “audición”
y, en el contexto sufí, “concierto espiritual”. Igualmente, el
samâ’ incluye algunos pasajes relevantes de la
biografía de Maulaná Rumí, así como hechos
puntuales de la historia de la propia tarîqa mawlawiyya.
Las exposiciones sistemáticas del samâ’ y de la
densa trama de símbolos y significaciones que lo integran son
tardías, parciales y no siempre coincidentes entre sí.
Además, omiten voluntariamente una parte del conocimiento cuyo
medio de transmisión ha sido siempre oral, de maestro a discípulo. Dicha combinación de formas geométricas, que nos remite a la idea de ejemplaridad y mediación, es muy común en la arquitectura funeraria islámica. La encontramos, por ejemplo, en las tumbas de los walíes. Y es que todo walí es, por definición, un auténtico pontifex, aquél espiritual que, gracias al perfeccionamiento de sus cualidades interiores, ha sabido tender puentes entre el hombre y Dios. Dicho principio constructivo es muy antiguo en el Islam. Lo hallamos ya, en las postrimerías del siglo VII, en la que sin duda es la primera obra arquitectónica islámica con la que se pretendió realizar una construcción estética remarcable: la Cúpula de la Roca, en el Jerusalem árabe, ese lugar de tránsito, justamente, desde el que el profeta Muhammad emprendió su ascensión nocturna a los cielos (mi’ray). En conclusión: que el ritual del samâ’ tenga lugar en un espacio octogonal no está sino poniendo de relieve la función mediadora que, a ojos mevlevíes, poseen la música y la danza como sendas que conducen a la experiencia mística de Dios. A pesar de que no
hay ninguna evidencia concreta, desde la tradición mevleví
se insiste que el samâ’ fue instituido por Sultán
Valada (m. 1312), que, como bien lo supo ver Eva de Vitray-Meyerovitch,
fue, más que el hijo de Rumí, su díscipulo
más cercano, el confidente espiritual más estimado y el
verdadero organizador de la tarîqa mawlawiyya[12].
Pero, lo cierto es que ni en sus escritos, ni tampoco en la primera literatura
mevleví del siglo XIV[13], hallamos rastro alguno
no ya de la danza, que está presente desde Rumí,
sino del samâ’ entendido como ceremonia ritualizada. Esto
nos induce a pensar que, en el origen, la danza mevleví
responde a la fuerza de la emoción del derviche, pero que
sólo siglos después será interpretada filosóficamente
coincidiendo con su codificación. Según Gölpinarli,
el responsable del samâ’, tal como ha llegado hasta
nuestros días, sería el shayj mevleví
Pir Adil Chelebi (m. 1460), razón por la cual, siempre según
Gölpinarli, habría recibido el alto rango de pir,
título con el que, por lo general, se distingue únicamente
a los fundadores de alguna tarîqa sufí[14].
Aun respetando la voz autorizada de Gölpinarli, tal vez quien más
sepa sobre la historia mevleví y derviche mevleví él
mismo, hemos de decir que, muy posiblemente, la cristalización
del samâ’ haya sido fruto de un lento proceso, hasta
adquirir su codificación definitiva, al menos en lo que respecta
a la danza, bien entrado el siglo XVI. En los escritos de esa época
de Divâne Mehmet Chelebi hayamos una descripción del
samâ’ muy similar a la actual. Pero, aún así,
se trata de un samâ’ incompleto, puesto que el na’at-i
sharîf, el himno que preludia la ceremonia, no se incluirá
en el samâ’ hasta finales del siglo XVII o principios del
XVIII. A mayor abundancia, los cinco ayin-i sharîf
más antiguos que se conservan datan todos ellos de los siglos XVI
y XVII. El samâ’
constituye una unidad que desconoce el fragmento. En modo alguno
se trata de una ceremonia discontinua. Sin embargo, para facilitar
una mejor comprensión de su desarrollo, vamos a dividirlo
en tres partes que, insistimos, están íntimamente ligadas
entre sí y se suceden en una progressio harmonica.
La primera parte consta del na’at-i sharîf, el toque
del kudum, un taqsîm o improvisación
de ney y el Devr-i Sultan Valad o caminar meditativo
circundando el semahané. La segunda incluye los cuatro
salâms o secuencias de danza del giro. Y, por último,
la tercera se compone de un nuevo taqsîm de ney,
el tayuid o recitación coránica y la
declamación del gülbang o “plegaria de la
rosa” que pone colofón a la ceremonia. A continuación,
veremos en detalle cada uno de estos elementos y su profunda significación.
El shayj entra en el
semahané con paso lento y avanza en línea
recta hasta el post, la piel de cordero teñida de rojo
desde donde dirigirá la ceremonia, justo enfrente de la entrada.
Esa línea imaginaria, que se extiende desde la entrada del
semahané hasta el post, divide la estancia
en dos semicírculos. El que se extiende a la derecha del shayj
recibe el nombre de nuzûl min Allah o “arco de descenso
desde Dios” al mundo terrestre. Dicho semicírculo simboliza
la involución de las almas en la materia y su separación
del Creador. El arco de la izquierda, lugar donde permanecen sentados
los derviches antes y después de la danza, se conoce con el nombre
de su’ûd ila Allah o “arco de ascenso hacia Dios”. Representa
la auténtica búsqueda espiritual del ser humano que consiste
en el retorno a su origen en Dios, para consumar la unio mystica
con Él. Esta línea imaginaria que divide la sala, cuyo
nombre es hatt istivá o ecuador, está
vedada a los derviches, que no la pisan durante toda la ceremonia.
Hatt istivá constituye el itsmo en el que acontece
la reunión del hombre y Dios por mediación del ángel,
el intermundo donde sucede el verdadero nacimiento espiritual. Pero también
es el camino recto mencionado en la primera azora del Coránâ
(sirat al-mustaqîm), esto es, la vía del
medio, la senda más directa y segura para llegar a Dios. El sistema modal otomano jamás ha empleado la nomenclatura de la notación europea, a pesar de la paulatina penetración de la música occidental, a partir, sobre todo, del siglo XVIII. Así pues, se denomina rast a la nota tónica del maqâm al que da nombre, una nota que correspondería, aproximadamente, al sol mayor de la música europea. Una de las peculiaridades del maqâm rast es la alteración de su tercera, señalada en el pentagrama mediante un bemol que mira hacia la izquierda. En efecto, el intervalo del la al si no corresponde a un tono mayor de 204 centésimos, sino a uno menor de tan solo 180, lo cual, insistimos, le otorga al maqâm rast una peculiar expresividad sonora. Y es que, a diferencia de la europea, las músicas cultas del Islam dividen las escalas en un gran número de pequeños intervalos no temperados, ya que lo que importa en los sonidos no es tanto su altura tonal absoluta, como la sucesión relativa de la escala. Con todo, lo que a nosotros nos interesa remarcar, más allá de cualquier consideración musicológica, es el hecho de que un instante tan fundamental y solemne del samâ’ mevleví como es la interpretación del na’at-i sharîf se desarrolla en el ámbito musical del que es el maqâm fundamental de la música otomana, el maqâm rast. El na’at-i sharîf
se interpreta a capella. Así pues, la voz humana,
considerada el más dúctil y perfecto de cuantos instrumentos
existen, se erige en protagonista. El inicio delicado del samâ’
tiene lugar con la audición de la palabra desnuda, desprovista
de cualquier acompañamiento musical que no haría sino
entorpecer una escucha que se pretende primordial e inicial; una palabra
que no se dice ni se pronuncia, sino que se proclama a través
del canto. En la solemnidad natural del na’at-i sharîf
se aquilata, a mi modo de ver, todo el arte vocal otomano. Un arte que
es monódico, homófono, melismático y en el que la
estructura de la frase melódica es indisociable de la del texto
y sus acentos. De hecho, la estructura del propio texto constituye, de
por sí, una suerte de embrión melódico que se va
desarrollando gracias a un fraseo musical que combina vocalizaciones unas
veces breves y otras bastante amplias. Por otro lado, la ausencia de un
patrón rítmico definido, o lo que es lo mismo, la libertad
interpretativa que posee el solista, convierte al na’at-i sharîf
en un rubato de una incomparable belleza y expresividad, en el que la
palabra cantada y los silencios se alternan otorgándose sentido
mutuamente. La palabra conduce al silencio y éste realza el valor
religioso, casi mágico, de aquélla. Aunque la madera es
la materia prima fundamental de la mayoría de los instrumentos
musicales, en el mutrib se hallan representados todos los
reinos de la creación: mineral, vegetal y animal. Pero refieriéndonos
a la madera, no podemos dejar de consignar, entre paréntesis,
una curiosísima casualidad: en todos los instrumentos mevlevíes
el elemento resonador es la madera, mientras que el verdadero generador
del sonido es de origen animal. Como es sabido, la madera constituye
la sustancia resonante, esto es pasiva, por excelencia[18].
Y de madera es, justamente, el suelo del semahané. Pasiva
es también la actitud del derviche durante el na’at-i sharîf.
Vaciado de sí mismo, se convierte en el ser resonador a
través del cual transita la palabra, como el profeta Muhammad[19],
cuyo corazón vacuo fue el receptáculo del verbo divino contenido
en el Corán. Tras el na’at-i sharîf
emergen las notas quejumbrosas del ney, la flauta sufí
de caña, cuyo sonido lastimero flota suavemente en el ambiente
del semahané, mostrando el lamento desgarrado de
la caña que se duele de haber sido arrancada de cuajo de su patria,
el cañaveral. Tal como hemos escrito en otro lugar[20],
el ney constituye para Maulaná Rumí la metáfora
perfecta de la búsqueda espiritual del hombre separado de su origen
en Dios. En realidad, toda aventura mística arranca de la consciencia
de la separación, tras la pérdida. El derviche deviene hombre
perfecto (al-insân al-kâmil), tras vaciarse de sí
mismo, como el ney, y llenarse de la voluntad divina en forma de
soplo. Rumí lo ha expresado así en el primer tramo
de su monumental Masnaví, esos míticos dieciocho versos
en los que se evoca el dolor de la lejanía: Escuha el ney, escucha su relato que se lamenta
de la separación:
“desde que me cortaron del cañaveral, mi canto melancólico ha hecho llorar a hombres y mujeres (…)[21]” . Con todo, hay algo
en la poesía de Rumí y su “mística nupcial”
que voluntariamente roza lo paradójico. Porque, ¿acaso
el ney no expresa también el éxtasis dichoso
del derviche ante la presencia ausente de Dios?, ¿no es la
lejanía igual a la proximidad, el dolor al gozo, la muerte
a la vida? Recordemos que la noche del fallecimiento del trovador
iranio se conoce como shabb-o ‘arûs, en persa “la
noche de bodas”. La muerte del místico consuma la anhelada
unión amorosa con el Amado divino. Y si la muerte es retorno,
toda la vida del místico será expresión de la
fidelidad a su Señor, según el pacto preeterno (mizâq)
entre Dios y las almas, que recoge el Corán: “Acaso no soy yo vuestro
Señor. Y las almas contestaron: por supuesto que sí
y de ello damos testimonio”[22]. En verdad, toda la consciencia religiosa del Islam reside en ese hecho transhistórico que tiene lugar en el principio anterior a todo, pero que no es el principio. El neyzan interpreta
un taqsîm o improvisación. El taqsîm
-de la raíz árabe qsm, que significa división-
es el arte musical por antonomasia de la discontinuidad y del instante,
puesto que es improvisado y libre de cualquier restricción
métrica. El músico da la medida de su maestría
en el taqsîm. Una maestría ligada menos al
frío virtuosismo técnico como al conocimiento de
las leyes de encadenamiento de los distintos maqâmât
y las modulaciones (talwîn) internas de éstos.
Con todo, la improvisación no es sinónimo de un libre
albedrío musical en el que todo vale. El taqsîm,
incluso cuando es vocal (layalî), se ejecuta dentro
de la estructura modal de un maqâm específico.
Los maestros coinciden en señalar que es en el arte del taqsîm
en donde se abole toda distancia entre músico, música
e instrumento. Así, la improvisación adquiere un enorme
valor espiritual, puesto que simboliza la unión entre conocedor,
conocido y conocimiento a través de la música[23].
El taqsîm de ney sirve, musicalmente hablando,
para introducir el maqâm en el que se desarrollará
toda la ceremonia mevleví. En cierto modo, la unidad formal
del samâ’ viene marcada por la unidad musical. De
ahí que todo el samâ’ se desarrolle en el ámbito
de un mismo maqâm, salvo el na’at-i sharîf
que, dada su excepcionalidad, siempre se entona en el maqâm
rast, tal como ya hemos visto. “Su única orden, cuando Allah decreta
la existencia de algo, es decirle: “Sé” –y es”[24].
El grupo musical ataca, en ese instante, un peshrev o preludio instrumental, dando comienzo entonces el lento caminar del shayj y los derviches alrededor del semahané, que recibe el nombre de Sultan Valad Devri o “Ciclo de Sultán Valad”, en memoria del hijo de Maulaná Rumí. Se trata de un andar meditativo, lento, solemne, con los brazos en la posición antes descrita de niyâz. Ser un derviche mevleví supone aprender a caminar con elegancia, aunque sin afectación. La marcha incluye pequeñas pausas que otorgan al conjunto una notable belleza plástica y tensión emocional. El derviche lanza un pie hacia adelante, mientras el otro permanece detrás, estático, con el talón despegado del suelo, lo cual trasnmite una sensación de levedad, como si apenas rozase el suelo al caminar. De hecho, la danza del giro que vendrá a continuación ya está implícitamente apuntada en el caminar previo. Más aún, el andar mevleví es ya una danza en sí. A medida que avanza, el derviche repite en su interior el nombre de Allah, al tiempo que acompasa su respiración al caminar. Prestar atención a cada respiración
que se efectúa (hush dar dam), así como observar
cada paso que uno da (nazar bar qadam) constituyen dos de
los once principios de la influyente tarîqa naqshabandiyya,
fundada por Bahauddín Naqahaband, el siglo XIV, en la ciudad
de Bujará, actual Uzbequistán. Según
Shâqib Dede (m. 1735), autor del libro Safîna-i
Nafîse-i Mavlaviyân (La nave de los secretos
mevlevíes), la primera historia completa de los
derviches mevlevíes, en la que se describe el samâ’
tal como hoy lo conocemos, tanto el caminar mevleví como la
atención a la respiración son dos préstamos de
la tarîqa naqshabandiyya[25]. No hay duda de
que la permeabilidad ha sido una de las características de
las distintas turuq a lo largo de la historia. Además,
los mevlevíes han sido propensos a compartir su música
y su danza del giro con otras congregaciones, con lo que la hipótesis
de Shâqib Dede no es descabellada. “Ni mi tierra ni mi cielo me contienen, pero
sí el corazón de mi fiel servidor”.
Las tres rondas que los derviches realizan
durante el Sultan Valad Devri representan los tres niveles
de conocimiento que el buscador atraviesa en su periplo espiritual.
A cada paso que da en la vida, el derviche se va haciendo más
y más capaz de Dios. Maulaná Rumí resumió
así su propia transmutación: “Mi vida se resume en tres palabras: estaba crudo,
me he cocido, estoy quemado”.
La primera de las rondas alude a ‘ilm
al-yaqîn o aquella certeza que procede de la fe -“creo
en Dios”-. La segunda representa ‘ayn al-yaqîn
o certeza que emana de la visión espiritual directa e inmediata,
tras contemplar el rostro sin rostro de Dios -“creo en Dios porque
lo he visto”-. A propósito de la diferencia entre
ambos conocimientos, afirma el shayj Ahmad al-‘Alawî: “La fe es necesaria para los religiosos, pero
deja de serlo para los que van más lejos y llegan a autorrealizarse
en Dios. Entonces, uno no cree más, porque ve. Ya no existe
ninguna necesidad de creer cuando uno ve la Verdad”[28].
El corazón del derviche es ambicioso.
De hecho, en todo camino iniciático, y el tasawwuf
no es una excepción, se cree para algún día poder
ver cara a cara, a solas con Él solo. La visión de la
certeza desemboca en la extinción (fanâ) del dualismo
entre quien contempla y el objeto contemplado, que es lo que la tercera
y última ronda simboliza, es decir, haqq al-yaqîn
o certeza que acontece cuando uno se ha hecho permeable a Dios hasta
el punto de ser un instrumento de su querer. Muy certeramente, Annemarie
Schimmel se ha referido a dicho estado con la expresión “el incendio
del alma”[29].
Uno no sabe que existe fuego en un lugar de oídas, ni tan siquiera
porque lo haya visto con sus propios ojos, sino porque él mismo,
en su más recóndito ser, ha sido pasto de las llamas
de la aniquilación. “Después vi otras cien mil hileras de
ángeles, todos estaban en pie con su mano derecha sobre la
mano izquierda, encima de sus pechos”[31].
A partir de ese instante, cada derviche
va desplegando sus brazos lentamente y como un blanco pájaro
alado, símbolo de la desnudez del alma humana, echa a volar
a través del semahané. Escribe Maulaná
Rumí: “El samâ’ és un camino y una puerta
hacia el cielo.
¡Oh samâ’, que eres alas y plumas del pájaro del alma! A la hora de danzar, cada uno de los nueve derviches ocupará un espacio bien preciso en la esatancia. Ello quiere decir que la danza mevleví no se desarrolla en el plano horizontal, como sería el caso por ejemplo del vals europeo, sino en la más pura y absoluta verticalidad. Los derviches mevlevíes sirios designan con la palabra fatl, que significa “retorcerse”, “anudarse”, “enroscarse sobre sí mismo”, al movimiento específico que se realiza en la danza. Por consiguiente, el giro derviche no es un desplazamiento en el sentido latitudinal de una evolución lineal en el espacio, sino más bien un movimiento en espiral, ascendente, que se desarrolla en un plano vertical y se orienta, por lo tanto, longitudinalmente. La espiral representa la entrada en el mundo de la espiritualidad. Y esto es así puesto que la danza mevleví, cuyo nombre técnico es en árabe muqâbala, prefigura el viaje interior del alma del hombre al encuentro -ese es el significado de muqâbala- del Creador. El derviche, en tanto que mistês o iniciado en los misterios de la tarîqa o senda espiritual, persigue la unión mística con Dios abandonándose a sí mismo. Según una lectura más psicológica, diríamos que, en su recorrido interior, el derviche experimenta una liberación regresiva, atravesando los distintos niveles de la consciencia hasta descubrir el centro absoluto, la parte divina de su ser, ese yo profundo que nada tiene que ver con el ego. Sin embargo, todo ello exige del derviche una previa y ardua ascésis corporal y psicológica. La espiral cónica como un zigurat del muqâbala y su firme verticalidad sólo aflorarán tras el aprendizaje de una técnica de giro cargada también ella de una rica significación. La verticalidad del giro derviche viene dada por la posición de los pies y el doble movimiento que éstos efectúan. De hecho, el giro se construye todo él desde los pies, que son los canales de comunicación con la tierra. El centro de movimiento o traslación de la danza mevleví se extiende de la zona pélvica a las piernas y los pies. La pelvis representa el movimiento más interior, mientras que los pies son el contacto físico con la energía terrestre. Por su parte, el centro de acción de la danza reside en los hombros, brazos y manos. Durante la danza, el pie izquierdo permanece siempre fijo en el suelo, en el mismo lugar, sin desplazarse jamás. Únicamente se desliza sobre su propio eje. En la enseñanza mevleví, a dicho pie se le designa con uno de los noventa y nueve nombres de Dios, al-Qayyum, “el eterno sostenedor de las cosas”. Por consiguiente, el pie izquierdo soporta la figura, permitiendo que la verticalidad de la danza crezca y se erija en equilibrio. En cuanto al pie derecho, se le conoce como al-Hayy, nombre divino cuyo significado es “el que está vivo”. Y, en efecto, el movimiento vivaz, grácil, del pie derecho permite que la espiral adquiera cada vez mayor velocidad. Tradicionalmente, los derviches de la tarîqa mawlawiyya turca se han ayudado de un curioso elemento a fin de aprender dicho movimiento de los pies. Consiste en un trozo de madera de aproximadamente un metro cuadrado, que tiene un pivote clavado justo en el centro. El derviche inserta en dicho pivote su pie izquierdo, entre el dedo gordo y el segundo dedo, de tal manera que, cuando el pie derecho aviva el impulso del giro, el pie izquierdo no se desplaza y la figura pueda comenzar a perfilar una espiral que asciende verticalmente. A mi juicio, dicha madera viene a ser como la barra del bailarín clásico europeo, el aparato externo que ayuda a interiorizar el movimiento de la danza para luego trascenderlo, que es, al fin y a cabo, la esencia de todo arte: la sublimación de la técnica. Antes de comenzar la práctica, el derviche arroja un pellizco de sal sobre el pivote central. En la tradición mevleví, la sal simboliza la esencia divina que permite la transformación, esto es, ir más allá de la forma, a través de la danza. En la tarîqa mawlawiyya siria, la otra gran rama de la escuela inspirada por Rumí, el movimiento de los pies es un poco diferente. En este caso, es el talón izquierdo el que permanece inmóvil en el suelo y no la parte delantera del pie, como sucede en el caso turco. Con todo, el esquema continua siendo el mismo: el pie izquierdo es el que sostiene la figura, mientras que el derecho impulsa e imprime velocidad, formando entre ambos una coincidentia oppositorum. Pero más allá del movimiento externo, ¿acaso la dinámica de los pies del derviche no escenifica la tensión existente entre la fugacidad de lo transitorio y lo siempre permanente? El doble movimiento que realizan los pies del derviche exige que éstos vayan cubiertos, lo cual nos plantea una cuestión. Hoy, la danza mevleví, ya sea en la modalidad turca o siria, no puede llevarse a efecto sin un calzado adecuado que permita, por un lado, un deslizamiento correcto, pero, al mismo tiempo, la adherencia imprescindible para no desplazarse horizontalmente. Sin embargo, si observamos con atención los grabados realizados por algunos de los viajeros extranjeros que tuvieron la ocasión de presenciar in situ algún samâ’, como W. Hogard (m. 1750) o Emilyan Mihailovich Korneyev (1780-1839)[32], constataremos que sus derviches van descalzos. Es cierto que la fidelidad realista y el valor documental de estas obras es cuando menos relativo, pero nos inducen a plantearnos cuándo se incorporó el calzado en la práctica del giro mevleví, una pregunta fundamental para saber desde cuándo se gira como hoy, ya que, tal como hemos visto, la manera de girar está íntimamente ligada al uso del calzado. Entre las ramas turca y siria de la
tarîqa mawlawiyya existe alguna diferencia formal más
en lo que concierne al movimiento de los brazos. La danza turca
es más lenta que la siria y los brazos permanecen desplegados
como dos alas blancas, en la misma posición, durante toda la
danza. La palma de la mano derecha está vuelta hacia arriba,
captando la energía que desciende del mundo celestial, mientras
que la izquierda lo está hacia la tierra, transmitiendo al mundo
dicha energía recibida desde lo alto. El secreto de la danza mevleví
reside en la dialéctica que se establece entre ese recibir y
el dar. El derviche se vacía, se hace transparente, leve. En modo
alguno se desgarra, ni se desmembra dramáticamente, sino que se
vuelve nada, se difumina en la fugacidad de la espiral. Sólo tras
vaciarse de sí mismo puede el derviche sentirse habitado por la
paz de Dios (sakîna). Dicho de otra manera, se transmuta en
un transformador de energía cósmica, cuyos polos son las manos.
Girar es ponerse en contacto con los principios de la propia vida y las
leyes universales subyacentes. Por su parte, en la rama siria de la
tarîqa mawlawiyya, además de dicha posición,
los derviches ejecutan otras posiciones y rápidas secuencias de
movimientos con los brazos -e incluso con la cabeza-, dando como resultado
final un giro tremendamente poderoso y cautivador. Así como las
técnicas de danza europeas se basan en el trabajo con las piernas
y los pies, en el muqâbala sirio la consecución
de la belleza es fruto de sutiles y variados movimientos de la cabeza,
las manos y los brazos, aunque, como ya quedó dicho, se depende
de los pies para mantener el ritmo y el equilibrio. El rico lenguaje corporal
del derviche sirio, con sus arabescos gestuales, remite a ciertos pasajes
coránicos preñados de un gran simbolismo espiritual, así
como a fragmentos de la poesía del propio Rumí.
No obstante, dichas posiciones y secuencias de movimientos poseen, además
de lo simbólico, un irrecusable carácter aerodinámico,
esto es, favorecen la correcta ejecución de la danza y los progresivos
cambios de ritmo que ésta comporta. “¡Oh día!, levántate, los
átomos danzan,
las almas gozosas, sin cabeza ni pies, danzan. A aquél para quien el firmamento y la atmósfera danzan, al oído le susurraré adónde conduce la danza”. A lo largo de estas líneas hemos visto el enorme valor que el sufismo otorga al simbolismo numérico. Pero, ¿por qué cuatro salâms? Cuatro son los pasos o etapas por los que transcurre la trayectoria espiritual del derviche, a saber: sharîa, tarîqa, haqîqa y ma’arifa. O lo que es lo mismo, el camino del saber exterior (sharîa); la senda mística que conduce a la apertura de la visión interior (tarîqa); la unio mystica en la que, como dice Henry Corbin, “el Amado se convierte en el espejo que refleja el rostro secreto del amante místico”[33], colmándolo de Verdad (haqîqa); y, por último, la participación en el mundo del conocimiento derivado de dicha experiencia (ma’arifa), o lo que es lo mismo, el valeroso descenso del alma del derviche desde la montaña de luz de la haqîqa al valle donde discurre la cotidianidad del ser humano, ya que si algo define al tasawwuf es su carácter de espiritualidad compartida. Desde la tradición sufí, se considera que el mejor ejemplo de ma’arifa es Jesús lavando los pies de sus discípulos en la Última Cena. En suma, el místico musulmán es alguien útil a los demás. Desde el punto de vista islámico, estar con Dios es estar con los seres humanos. Al fin y al cabo, la experiencia mística es la experiencia de la vida. El primer salâm representa la conversión, el nacimiento espiritual del derviche a la verdad. Sus ojos se abren a la realidad interior. El derviche se sabe pequeño ante Dios, su creador. El segundo salâm tiene que ver con la mirada exterior del derviche. El mundo ya no le deslumbra ni ciega como antes. Para él todo es ahora un espejo que refleja la belleza y majestad de Dios. El tercer salâm significa el punto culminante de la vivencia espiritual del derviche: la contemplación. El derviche no es un hombre de fe sino de visión. El amor por Dios le conduce a extinguirse en Él (fanâ). Por último, el cuarto salâm simboliza el compromiso del derviche con el género humano. Mientras su ser interno permanece imperturbable en presencia de Dios (baqâ), su acción en el mundo es un ejemplo de sabiduría, justicia y bondad. A fin de cuentas, el derviche está para servir y no para ser servido. El último salâm posee, además, una particularidad coreográfica cargada de un formidable simbolismo. En efecto, en esta última secuencia el shayj se sitúa en el centro exacto del semahané, un punto llamado qutb o polo, desde donde comienza a caminar sobre sí mismo con paso quedo, al tiempo que alza levemente su jirqa color azabache. El maestro representa el axis mundi, el polo espiritual alrededor del cual giran los derviches. Él es el sol que irradia el conocimiento e ilumina el mundo con su luz. La primera imagen que suscita el avistamiento de los derviches, con sus blancos faldones desplegados, girando sobre sí mismos alrededor del shayj, es la de los peregrinos circunvalando la negra ka’aba de La Meca, otra forma de danza ritual cósmica. Con la incorporación del shayj en el centro, el círculo de los derviches parece dilatarse y expandirse, cobrando así su significación más profunda. La primera de todas las determinaciones geométricas es el punto, de igual manera que la primera de las determinaciones matemáticas es la unidad. La unidad y el punto constituyen, cada uno en su plano, la expresión directa del Ser. Como indica Titus Burckhardt, “la esfera -o el círculo, en el plano-, surge como irradiación del punto, que es el principio”[34]. El punto es a la vez el principio, el centro y el fin de las cosas. Cada uno de los cuatro salâms viene precedido por una breve pausa en la que, una vez más, se repiten los saludos entre el shayj y los derviches. En cierto modo, dichas suspensiones de la danza impiden que los derviches pierdan el control sobre el giro. En otras palabras, la danza mevleví no tiene nada de catártica o convulsa. Antes bien, se significa por su moderación. En todo momento se le exige al derviche un riguroso control sobre sí mismo, lo cual no niega, empero, la posibilidad de que la emoción aflore. Al fin y al cabo, el objetivo último de la danza es la concentración interior. En la experiencia mística sufí, la sobriedad, cuyo modelo coránico es el profeta Abraham, debe completar a la ebriedad. Piénsese, además, que los participantes en el samâ’ son siempre derviches veteranos, diestros en el arte del control de sí mismos. Resumiendo, el éxtasis mevleví se caracteriza por su mesura. Cada salâm posee un patrón rítmico específico (usûl), lo cual favorece el progresivo crescendo emocional de la ceremonia. Algunos de dichos ritmos son específicamente mevlevíes y se utilizan tan sólo durante el samâ’. Una vez más, el léxico musical turco, tan ligado a la espiritualidad del tasawwuf, nos desvela algunos datos esenciales, en este caso sobre el significado profundo del ritmo o usûl. Dicha palabra (plural de asl) quiere decir en árabe “principio”, “origen”, “raíz”. Según eso, podríamos concluir que el ritmo constituye el principio fundamental, la base de toda música. Sin embargo, hay algo en el ritmo que va más allá de lo estrictamente musical. Como afirma Martin Lings, “el ritmo es un puente entre la agitación y el Reposo, el movimiento y la Inmovilidad, la fluctuación y la Inmutabilidad. En este mundo de perpetuo movimiento, la fluctuación, como la multiplicidad, únicamente pueden ser trascendidas en la Paz de la Unidad Divina”[35] . Durante un tiempo, se creyó que algunos ritmos impares, de cinco, siete o nueve tiempos, poseían ciertas propiedades intrínsecas capaces de inducir al trance. Esa era la opinión, por ejemplo, de Alain Daniélou[36]. Hoy, sin embargo, sabemos que la cuestión no resulta tan sencilla. En el caso de las distintas músicas sufíes, por ejemplo, los patrones rítmicos son otros y, en cambio, son músicas que a su manera también conducen a un cierto éxtasis. Jean During sostiene a propósito de la tesis de Daniélou: “De hecho, parece que, al contrario, la inmensa mayoría de los ritmos sufíes son de 4 tiempos (qawali pakistaní), a veces de 6/8 (Irán). Los raros ritmos de 9 ó 10 tiempos se hallan en los rituales turcos mevleví (pero en las fases más sosegadas) e ‘isawa del Magreb (10 tiempos). Los de 7 tiempos son, por el contrario, corrientes en las cofradías del Turquestán, pero no en las fases últimas del dhikr”[37]. Hace algunas líneas decíamos que el éxtasis mevleví se caracteriza por su sobriedad. Añadamos en este punto algo más al respecto. En el léxico sufí, el estado extático se conoce como uayd, término árabe que proviene de la raíz verbal uayada, cuyo significado es “hallar”, “encontrar”. De lo que se infiere que, en principio, el derviche no persigue ni busca ningún éxtasis, sino que, como mucho, se topa con él. Toda búsqueda presupone conocer el objeto buscado. Al contrario, todo encuentro presupone novedad, admiración e, incluso, pavor y angustia. Por eso, el derviche es más un encontrador que un buscador. Lo cual no excluye que, guiado por su maestro espiritual, el derviche lleve al límite algunas prácticas extatogénicas, al objeto de trascender los límites de su coraza mental. Dicho proceder, que se designa con el término árabe tawâyud, de la misma raíz que uayd, es de sobras conocido entre los sufíes. A fin de cuentas, el propio profeta Muhammad había afirmado en un hadiz, a propósito de la actitud a la hora de escuchar la recitación coránica: “Llorad, y si no lloráis, tratad de llorar”. En realidad, la danza mevleví no persigue el éxtasis del derviche, porque éste es previo al samâ’, sino que antes bien lo muestra. El vivir del derviche constituye en sí un éxtasis que se escenifica en el samâ’. Es decir, el derviche danza para festejar lo que bulle en su corazón encendido. El samâ’ constituye una celebración. Ese es, por otro lado, el ejemplo que hallamos en el propio Maulaná Rumí. El maestro persa danza cuando el éxtasis ya se ha apoderado de él y no antes. La tercera parte del samâ’
mevleví incluye, nuevamente, un taqsîm, en principio
de ney, si bien puede ser de otro instrumento, el tayuid o recitación
coránica y, por último, el gülbang o “plegaria
de la rosa”, con la que la ceremonia se da por concluida. Mientras suena
en el semahané un nuevo taqsîm de ney,
los derviches van ocupando su lugar a la izquierda del shayj. Otra
vez, el sonido del ney se hace presente en el semahané
evocando la nostalgia secreta de los corazones de los derviches. Como al
principio de la ceremonia, éstos vuelven a cubrirse con la jirqa.
En cierto modo, dicho gesto indica su obligado regreso a la ineludible condición
de seres humanos. Al final, el pájaro del alma regresa al nido del
cuerpo. Sin embargo, algo ha ocurrido en la consciencia del derviche. En
efecto, éste penetra en el samâ’ como un hombre corriente,
pero sale de él convertido en un sabio. El fragmento del Corán,
recitado en el mismo maqâm utilizado durante toda la ceremonia,
incluye siempre el siguiente versículo o aya: “A Dios pertenecen Oriente
y Occidente. Allá donde os giréis, allí veréis
el rostro de Dios. Él todo lo abarca y conoce”[38].
En cierto modo, la danza mevleví halla su fuente de inspiración coránica en dicho pasaje. El derviche gira imparable sobre sí mismo y el único paisaje que ve doquiera que mira es el rostro sin rostro de ese misterio al que llamamos Dios. Ver la faz divina en todo cuanto es constituye una expresión del tawhid, el principio islámico de la unicidad divina. Para el derviche, sólo Dios existe, puesto que la Unidad es la única Realidad. Finalmente, el shayj declama alguna
de las varias formas de gülbang o “plegaria de la rosa”
existentes. En dicha plegaria se evoca la memoria del Profeta Muhammad y
del árbol genealógico de la tarîqa mawlawiyya.
Tras el gülbang, los derviches abandonan el semahané
en silencio. Obsérvese que existe algo de circular -e incluso especular,
me atrevería a decir- en la estructura del samâ’ mevleví.
Da comienzo y finaliza en silencio. Al principio, arranca con la palabra
del na’at-i sharîf y el taqsîm de ney,
para concluir del mismo modo, con las notas improvisadas del ney,
el tayuid coránico y el gülbang. Del silencio
a la palabra y de ésta, nuevamente, al silencio. De la quietud al
movimiento y de éste, otra vez, a la quietud. En las ropas rituales utilizadas por los derviches hallamos bellamente reflejado el carácter sacrificial del samâ’ mevleví. Todo en el vestido del derviche remite a la muerte mística como paso previo al renacimiento espiritual. Él sabe que la vida es la senda que conduce a la muerte y que ésta no es sino la puerta que da acceso a la vida. Una muerte a la que el profeta Muhammad exhorta sin rebozo cuando dice: “mutû qabla an tamutû”, o lo que es lo mismo, “morid antes de morir”. Pero, la muerte del derviche no es desaparecer sino regresar al origen que está constantemente engendrando nueva vida. Morir a Dios es permanecer en Él. Ese es el sentido profundo del samâ’ mevleví. El derviche ingresa en el semahané vestido completamente de blanco por dentro y cubierto con la jirqa de lana negra. El largo y ancho faldón (tannûra) representa la mortaja blanca que en los ritos funerarios del Islam recubre el cuerpo del difunto. Un fajín de color negro llamado elifî-nemed sujeta la tannûra a la cintura, de tal manera que ésta pueda elevarse uniforme durante el giro. Dicho fajín divide el cuerpo del derviche en dos partes que representan la vida presente y la vida en el más allá. La casaca que cubre la parte superior de la tannûra recibe el nombre de destegül o “botón de rosa”. En cuanto a la cabeza, el derviche va tocado durante toda la ceremonia con el sikké, un gorro cónico de piel de camello que representa la piedra tumbal. El sikké del shayj lleva enrrollada una larga cinta de color negro -o verde, si es descendiente del profeta Muhammad- llamada destar, la cual indica su alto rango espiritual. Finalmente, el derviche está cubierto por un largo manto negro de lana o jirqa que simboliza el féretro mortuorio, o si se quiere, la caverna funeraria. Como ha dejado escrito René Guénon, existe una estrecha relación entre la caverna funeraria y la caverna iniciática[39]. En ese sentido, la jirqa delimita el espacio donde acontece la floración espiritual. Cubrirse con ella es como penetrar en la caverna del corazón, estar dentro de la cueva del secreto, en la matriz, esto es, en el inicio de todo. De ahí que la investidura del manto constituya uno de los acontecimientos fundamentales del camino sufí: la iniciación, que es la comunión del estado espiritual de quien recibe el manto con el estado espiritual de quien lo entrega. Aludimos ya anteriormente a las pieles de cordero sobre las que se sientan los derviches en distintas fases del samâ’. Ha habido quien ha visto en ello una reminiscencia de las antiguas danzas animalescas utilizadas por los chamanes centroasiáticos, en las que éstos se cubrían con pieles de algunos animales a fin de adquirir sus poderes. Se ha llegado a afirmar, incluso, que el uso de dichas pieles por parte de los derviches podría tratarse de un resto de algunas prácticas sacrificiales llevadas a cabo en Anatolia[40]. En ese sentido, el samâ’ mevleví supondría un estadio superior, al haber sustituido el sacrificio de sangre por el sacrificio simbólico o interior, ya que lo que se sacrifica en la ceremonia del samâ’ es el alma del derviche. Wundt y, sobre todo, el estudioso turco Mehmet Fuat Koprülü fueron los primeros en sugerir la posibilidad de que algunos métodos empleados por los chamanes turcófonos de Asia Central hubiesen podido influir en ciertas prácticas de las congregaciones sufíes turcas. Es algo que no puede descartarse, máxime si consideramos el carácter permeable del Islam a lo largo de la historia, sobre todo en Asia. Un apunte: la palabra Tängri, con la que se designa al Dios de los pueblos altaicos, quiere decir “aquel que da vueltas”. En cualquier caso, conviene ser cautos al respecto, puesto que algunas aseveraciones obedecen a intereses no tanto científicos como políticos. No podemos ignorar que la historiografía kemalista de principios del siglo XX, inspirada en Ziya Gökalp, padre del turquismo, ha llevado a cabo todo un trabajo sistemático de sustitución de lo islámico por lo específicamente turco. Sea como fuere, lo cierto es que la piel roja sobre la que permanece el shayj durante el samâ’ evoca el sol poniente de aquel 17 de diciembre de 1273, día de la muerte de Maulaná Rumí. El rojo es el color del amor divino, del fuego de la pasión por Dios. En las miniaturas persas, por ejemplo, la utilización del color rojo es un recurso cromático para representar la luz de la visión divina. Pero, el rojo también es el color del sol. Y esa es la traducción, justamente, de la palabra shams, nombre del maestro de Rumí, Shams-i Tabrizí. En suma, el post es el símbolo de la llama viva que arde en el templo del corazón del derviche. Todo lo dicho hasta aquí constituye
una aproximación interpretativa a la ceremonia de los derviches
seguidores de Maulaná Rumí y su simbolismo, pero
no nos engañemos, no ayuda, en absoluto, a penetrar la verdadera
significación del samâ’ mevleví y
la danza del giro o muqâbala. Preguntar acerca del significado
del samâ’ carece de sentido. El samâ’
es lo que uno encuentra en Él; la impresión
que causa es su sentido. Canta Rumí: “Los corazones se han turbado con el samâ’,
se agitan como la nube de la primavera”. [Texto en Prensa]
NOTAS [1] Jean DURING, “Sufi Music and Rites in the Era of Mass Reprodution Techniques and Culture”, en Anders HAMMARLUND (ed.), Sufism music and society in Turkey and the Middle East, Estambul: Swedish Resersch Institute, 2001, p. 149.[2] Puede consultarse dicha ley en Shems Friedlander, The Whirling Dervishes, Nueva York: SUNY, 1992, p. 117. A pesar de las trágicas consecuencias derivadas de la prohibición de las cofradías sufíes, el espíritu mevleví en modo alguno pudo ser erradicado. Como una ironía de la historia, hoy asistimos a un renacer del interés por Maulaná Rumí y su tarîqa no sólo en la propia Turquía, sino más allá también. [3] Citado en Shakina REINHERTZ, Women called to the path of Rumi, Prescott (Arizona): Hohm Press, 2001, p. 32. [4] Ananda K. COOMARASWAMY, La transformación de la naturaleza en arte, Barcelona: Kairós, 1997, p. 51. [5] Ursula & Kurt REINHARD, Musique de Turquie, Paris: Buchet/Chastel, 1969, p. 194 . [6] Nayi, al igual que neyzen, indica, en turco, la maestría en la interpretación del ney. [7] Si es apreciado dicho ayin-i sharîf es porque aparecen musicados los míticos dieciocho primeros versos del Masnaví de Maulaná Rumí, en los que el trovador iranio evoca todo el simbolismo del ney. Existe en el mercado musical una grabación excepcional de dicho ayin-i sharîf, a cargo del The Mevlevi Ensemblre of Turkey, dirigido por Dogan Ergin y la participación como voz solista del gran cantante y recitador de Corán Kani Karaca: “Mevlevi Ceremonial Music”, Santa Bárbara (USA): Water Lily Acoustics, 1995. [8] VéaseJean DURING, Musique et extase. L’audition mystique dans la tradition soufie, París: Albin Michel, 1988, pp. 29-55. [9] Cada año, durante la semana del 17 de diciembre, fecha en la que se conmemora la noche de la muerte de Maulaná Rumí (shabb-o ‘arûs), tiene lugar en la ciudad turca de Konya un festival musical en el que cada noche puede verse un samâ’ en el Pabellón Municipal de Deportes de la ciudad. [10] Véase Raymond Lifchez (ed.), The dervish lodge. Architecture, art and sufism in Ottoman Turkey, Los Ángeles: University of California Press, 1992, p. 101 ss. [11] Véase al respecto, Shaker Laibi, Soufisme et art visual. Iconographie du sacré, París: L’Harmattan, 1998, pp. 94-95. [12] Véase Eva de VITRAY-MEYEROVITCH, Rûmî et le soufisme, París: Éditions du Seuil, 1977 [13] Se trata, básicamente, de dos obras: Manâqib al-‘Arifîn de Ahmad al-Aflakí (m. 1353) y Risâla-i Sipahsalar de Fariddún bin Ahmad Sipahsalar. De la primera existen dos traducciones al españo. Leyendas de los sufíes. Historias de la vida y enseñanzas de Rumí, Madrid: EDAF, 1997 y Rumí: maestro de derviches, Madrid: SUFÍ, 1999. [14] Abdülbaki GÖLPINARLI, Mevleví Adab ve Erkani, Estambul: Inkilab ve Aka, 1963. [15] Maurice Béjart, Lettres à une jeune danseur, París: Actes Sud, 2001, p. 8. [16] Joscelyn GODWIN, Armonías del cielo y de la tierra. La dimensión espiritual de la música desde la antigüedad hasta la vanguardia, Barceona: Paidós, 2000, p. 93. [17] Consultar al respecto, Ibn al-Arabi, El Árbol del Universo, Madrid: SUFI, 1989. [18] Véase Joscelyn GODWIN, Armonías del cielo y de la tierra. La dimensión espiritual de la música desde la antigüedad hasta la vanguardia, Barcelona: Paidós, 2000, pp. 23-25. [19] El nombre Muhammad, que en árabe quiere decir “el que se ha hecho digno de elogio”, posee forma pasiva. [20] Sobre el rico simbolismo del ney, véase nuestro ensayo Jalil BÁRCENA, “El lamento de la separación. Notas a propósito del ney, la flauta sufí de caña”, SUFÍ nº 6, Madrid: Orden Sufí Nematollahí, otoño-invierno, 2003, pp. 42-45. Ver artículo en Revista Alif-Nûn nº [21] Rumí, Luz del alma. Selección de poemas, traducción de Mahmud Piruz y José Mª Bermejo. Madrid: Gaya, 2001, p. 14. [22] Corán 7, 172. [23] Véase Jean DURING, “L’autre oreille. Le pouvoir mystique de la musique au Moyen-Orient”, Cahiers de Musiques Traditionnelles, nº 3, Ginebra: Ateliers d’Ethnomusicologie, 1990, pp. 57-78. [24] Corán, 36, 82. [25] Véase Ilker Evrim Binbash, “Music and Samâ’ of the Mavlaviyya in the Fifteenth and Sixteenth Centuries: Origins, Ritual and Formation” en Anders HAMMARLUND, op. cit., pp. 67-79. [26] Véase nota 31. [27] Un hadîz qudsí es aquél dicho en el que Dios habla en primera persona por boca del profeta Muhammad, mientras que en el hadîz nabawí o profético es el propio Muhammad quien habla por sí mismo. [28] Martin LINGS, Un santo sufí del siglo XX. El Shayj Ahmad al-‘Alawî, Palma de Mallorca: J. J. de Olañeta, 2001. [29] Annemarie SCHIMMEL, L’incendie de l’âme. L’aventure spirituelle de Rûmî, París: Albin Michel, 1998. [30] Véase Annemarie SCHIMMEL, Las dimensiones místicas del Islam, Madrid: Trotta, 2002, p. 226. [31] Véase Libro de la escala de Mahoma. Según la versión latina del siglo XIII de Buenaventura de Siena, Madrid: Siruela, 1996, pp. 73-74. [32] Sus grabados están recogidos en Talat SAIT HALMAN-Metin AND, Mevlana Celaleddin Rumi and The Whirling Dervishes, Estambul: Dost Yayinlari, 1983. [33] Henry CORBIN, La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ‘Arabî. Barcelona: Destino, 1993, p. 89. [34] Titus BURCKHARDT, El arte del Islam, Palma de Mallorca: J. J. de Olañeta, 1988, p. 70. [35] Martin LINGS, Un santo sufí del siglo XX. El Shayj Ahmad Al-‘Alawî, Palma de Mallorca: J.J. de Olañeta, 2001, p. 89. [36] Véase Alain DANIÉLOU, Sémantique musicale, París: Hermann, 1978, p. 63. [37] Jean DURING, “L’autre oreille. Le pouvoir mystique de la musique au Moyen-Orient”, Cahiers de Musiques Traditionalles nº 3, 1990, p. 66. [38] Corán 2, 115. [39] Véase Réne GUÉNON, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Barcelona: Paidós, 1995, p. 156 y ss. [40] Véase Jean-Paul ROUX, op. cit., pp. 281-314.
Bibliografía
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