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UN ARTE UNITARIO
Alberto Molina
Cualquier persona que conozca mínimamente
el arte islámico estará de acuerdo en afirmar que se
trata de una materia especialmente compleja y extensa, difícil
de sintetizar en unas cuantas líneas, aunque solamente sea por
razones de amplitud geográfica y temporal. Por ello, en ningún
caso pretendo realizar un riguroso seguimiento cronológico ni
una enumeración sistemática de autores y de obras, sino
que me limitaré a hacer un humilde acercamiento a las características
generales del arte musulmán y la inspiración de éstas
en la doctrina islámica. En una primera aproximación,
se puede afirmar que los pueblos de la arabia preislámica carecían
de manifestaciones artísticas dignas de ser consideradas como
tales, salvo lejanos recuerdos de temas provincianos de las culturas
vecinas. Esta laguna era especialmente significativa en el campo de la
arquitectura, debido fundamentalmente al carácter nómada
de gran parte de la población y a la escasa tradición urbanística
del resto. A la vista de esta situación, ¿cómo, pues,
se establecen las bases del arte islámico? El asunto puede resultar
sorprendente si además tenemos en cuenta el espacio de tiempo relativamente
corto en el que los antaño "analfabetos artísticos" pasaron
a desarrollar una de las manifestaciones artíticas más
ricas de toda la historia de la humanidad. La respuesta posiblemente haya que buscarla
en el profundo espíritu de tolerancia y la capacidad de asimilación
de ideas ajenas que demuestra poseer la doctrina islámica. Sin
duda, mucho tiene que ver en esta actitud el propio marco geográfico
donde el Islam vio la luz. Los habitantes del desierto se relacionan con
un entorno "desnudo", carente de referencias geográficas. Esta
circunstancia marca el carácter y la ideología de sus gentes,
desnudos y vacíos como el desierto, pero también receptivos
ante cualquier manifestación cultural o artística del mundo
que los rodea. De este modo, el Islam hace suyas la cultura y las
artes de las gentes y países de su área de influencia,
transformándolos en una cultura y arte propios, con marcada personalidad. Si la teoría del mundo de las
ideas de Platón, la filosofía de la iluminación de
Sohrawârdi, el conceptualismo aristotélico y la escuela de teología
de Ash'arî definen una concepción del mundo que se expresó
en lengua árabe, a pesar de la diversidad étnica y lingüística
de los distintos grupos humanos que, a lo largo del tiempo, han ido adoptando
el Islam como modelo de conducta; las técnicas de construcción
bizantinas y el sentido decorativo y simbólico oriental configuran
un estilo artístico que tendrá en la obediencia a las normas
de vida defendidas por el Islam el elemento aglutinador. A pesar del funcionalismo que caracterizó
los primeros balbuceos del arte musulmán
[1]
, éste tuvo, con el paso del tiempo, la capacidad
de superar lo inmediato y lo temporal para convertirse en imagen de lo
transcendente. El musulmán, con sus obras de arte, construye universos
como testimonios eternos de su cosmovisión del mundo y magno soporte
de la Palabra Divina revelada en el Sagrado Corán. Dicho soporte
es esplendoroso y abstracto: esplendoroso pues a través de él,
el creyente debe percibir la Gloria Divina más allá de
la inmediata presencia de lo mundano. Esplendor que no necesariamente
se manifiesta en obras de proporciones colosales, sino a través
de la armonía y el equilibrio de las formas. Abstracto, en sus formas y soluciones
arquitectónicas, pues solamente a través de la abstración
puede el hombre concebir la idea de Dios. Para el Islam la obra artística
es producto de la razón y se justifica, como afirma Ibn Sinà
(Avicena), teniendo en cuenta que, aunque el alma del creyente se propone
alcanzar la Belleza suprema y duradera, también es capaz de
hallar el reflejo de esta belleza que ha de manifestarse en cosas que,
aún siendo efímeras y circunstanciales, aspiran a la totalidad
de lo sublime. Por tanto, se puede decir que el arte musulmán aspira,
al igual que el resto de las disciplinas islámicas, a reconocer
los atributos de Dios en este mundo. Por esta razón el arte islámico
es más intelectual que emocional, más conceptual que
naturalista. Un arte que, sin embargo, no busca la belleza fuera de las
cosas sino en la adecuación de éstas a su propia esencia
y función. En virtud de este conceptualismo, no es de extrañar
que casi todo el esfuerzo que el musulmán dedica a lo artístico
esté dirigido a la arquitectura y su decoración, así
como hacia ciertas artes pláticas, como la alfarería. Centrándonos en la arquitectura,
arte islámico por excelencia, el primer rasgo que nos podemos
encontrar es un deseo de ocultar la "verdadera" forma de las estructuras
y los velos decorativos que mediante el mosaico, la cerámica
o el estuco que recubre piedras y ladrillos convierte a la arquitectura
en un arte en sí mismo, al margen de su objetivo estrictamente
funcional. Se observa, por tanto, una fusión entre elementos ornamentales
y estructurales que tienden a crear ese "ilusionismo" visual que tantos
tópicos ha engendrado en Occidente y que, de hecho, se desmarca claramente
del criterio artístico que dominó la Europa románica
y gótica, donde los espacios diáfanos y la austera decoración
constituyeron el sello de su genio artístico . Otro aspecto que puede resultar ciertamente
curioso a los ojos del occidental profano es el tratamiento que recibe
la representación de imágenes y su prohibición
al respecto. Las religiones de culto más visual, como pueden ser
el Catolicismo andaluz o ciertas manifestaciones populares del Hinduísmo,
constituyen el caldo de cultivo para todas las formas de arte que tengan
como principal vehículo expresivo la representación de
figuras humanas o animales. En ellas se da, y no por casualidad, una
tendencia al politeísmo atenuado y al culto colectivo, teatral
y colorista. Por contra, las religiones más cercanas al monoteísmo
puro, entre las que el Islam es uno de sus máximos exponentes, tienden
a un culto más personal e interiorizado en el que la imaginería
no es trascendente y pierde todo su sentido y protagonismo. De esta manera, el arte figurativo se
convierte en el Islam, una vez más, en un arte conceptual en
el que se abandonan por completo las apariencias sensibles de la naturaleza,
y las ilusiones visuales que puedan fingir la tercera dimensión
de la superficie. De ahí podemos observar que el poco arte figurativo
existente -pintura, y en mucha menor medida, escultura, persa e india
en su mayor parte-, prescinde por completo de la perspectiva que cambia
los tamaños de los seres humanos según su distancia al
primer plano, el juego de luces y sombras y en general, de todas aquellas
características que pretenden representar con detallada exactitud
los más nímios aspectos de la naturaleza, tal como nuestros
sentidos la perciben. El mismo filósofo Al-Gazalî
(Algazel) consideraba que el hombre debe dudar de su capacidad de percibir
con certeza a través de la reconstrucción que los sentidos
hacen de la realidad y que la razón es lo único que
puede conducir al ser humano a la verdadera Belleza. No es de extrañar,
por tanto, ese esfuerzo en evitar la representación "literal"
del mundo sensible, que tiene por objeto alejar la idolatría y el
fetichismo del alma del creyente, pues la proliferación de imágenes
invita al fiel a quedarse en las simples formas y a convertir a éstas
en objeto de su adoración, olvidando el principal objetivo de
su culto, que es el Dios Único. En su lugar, el artista musulmán
crea un mundo autónomo caracterizado por el absoluto dominio
de la forma y el color. Con ello concibe otra realidad, fruto de su capacidad
de abstracción, en la que habitualmente juega con la oposición
entre la línea recta y la línea curva. En lo referente al color, éste
es el vehículo principal que el artista musulmán utiliza
para reflejar la belleza de la naturaleza, testimonio (shahîd
) de la Bondad de Dios, de la Belleza Absoluta del Creador
[2]
y cuya contemplación ennoblece los sentidos
y permite descubrir los Atributos de Dios en la tierra. Esta prueba estética de Dios tiene
una de sus expresiones más esplendorosas en la arquitectura.
Las edificaciones, tanto religiosas como funerarias, se cubren de un
rutilante manto de color. El mosaico y la cerámica polícromos
se extienden por toda la superficie exterior de mezquitas, madrasas y
mausoleos convirtiendo la piedra y el ladrillo en espacios en los que
los arabescos y frisos epigráficos crean visiones esplendorasas.
En este punto, especial significación adquiere la caligrafía,
que en el Islam toma carácter de disciplina artística aparte
y que no sólo constituye un elemento ornamental, sino que principalmente
representa la expresión directa de la Palabra de Dios revelada
en el Sagrado Corán, la cual debe ser recordada constantemente
y dar testimonio de fe en cualquier parte. Con todo, la caligrafía
cumple una tercera función además de la estrictamente decorativa
y religiosa, y es la de dar un sello de carácter a las obras que
la ostentan, de forma que su sola presencia es ya emblema del Islam, aunque
su contenido no sea explícitamente leído. De todo lo expuesto se deduce que el
concepto musulmán asociado al arte debe ser entendido como la expresión
de un fenómeno cultural, social, político y, fundamentalmente,
religioso; testimonio vivo e inmutable de una fe universal que proclama
la sumisión al Dios ünico. NOTAS.- [1] Recordemos, por ejemplo, que la primera mezquita edificada en Medina con ocasión del establecimiento del Profeta Muhammad en aquella ciudad, consistió en un sencillo recinto construído con paredes de adobe y cubierto con ramas de palmera. [2] En lengua árabe, belleza y bondad proceden de la misma raíz trilítera h-s-n, de este modo, y en su origen, lo ético y lo estético son, o deben ser, una misma cosa. Para ilustrar lo dicho existe una tradición profética que dice: "Dios es bello y ama la Belleza". A Portada |
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