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LOS JUDÍOS DE TURQUÍA:
UNA REALIDAD OLVIDADA [1] Kai Strittmatter [2]
Más allá, al otro lado, Europa, que podemos ver iluminada a la luz del sol de poniente. Mario Levy sonríe como suele hacerlo. “¿Irme de aquí? ¿por qué habría de hacerlo? Vivo en una ciudad que me ofrece tal cantidad de historias que es imposible dejar de escribir.” Cualquiera que tenga dificultades para integrarse encaja en sus relatos, dice Levi. Eso es lo que hace de esta ciudad, de este país, una fuente inagotable. Ésta es su ciudad, su país, y aún así, de vez en cuando se siente como un extraño. Mario Levi es alguien que vive al límite.
Ello tiene algo que ver con su carácter, pero también con su
orígenes. Y eso le agrada: “Soy feliz con mi tristeza. Es un regalo.
Si fuera un hombre feliz, no sería escritor.” No hace mucho tiempo,
durante unas conferencias que estaba impartiendo en el extranjero, una mujer
turca se dirigió a él en inglés pidiéndole un
autógrafo. Cuando le dijo que venía de Estambul, quedó
estupefacta y exclamó: “¿Es usted turco? ¡No puede ser!
¿Cómo puede llamarse Mario Levi? ¡Ése no es un
nombre turco!” Entonces, ¿de dónde proviene el nombre? Levi fue uno de los hijos de Jacob en el Antiguo Testamento, y padre del las tribus de Israel . Y Mario es un nombre latino. Mario Levi recibió este nombre porque es un judío que proviene de España , un sefardí; uno de esos judíos cuyas familias han vivido en Turquía durante más de quinientos años. En 1492, los monarcas españoles Fernando e Isabel dieron a elegir a todos los judíos de su imperio entre convertirse al Cristianismo o abandonar el país. Casi todos ellos se marcharon, y casi todos ellos recalaron en el joven Imperio Otomano , “donde todo el mundo vive en paz, a la sombra de su viña y de su higuera”, como dijo con entusiasmo el rabino de Edirne a sus correligionarios judíos. [3] El sultán Bayazid los invitó a venir, deseoso de contar con sus conocimientos y habilidades, y no pasó mucho tiempo antes de que los judíos del Imperio Otomano se convirtieran en los más prósperos de toda la diáspora. [4] Hasta principios del siglo XIX, los judíos
representaban la mayoría de la población en Salónica,
y el distrito de Balat, en Estambul, era el hogar de la comunidad judía
más numerosa de Europa. Veinte mil sefardíes viven todavía
en Estambul; hace cien años había diez veces más en
todo el país. Conservan un idioma que trajeron de su lugar de origen.
Si se presta atención, todavía se puede oír: en verano,
en las Islas Príncipe o en los cafés a la orilla del Bósforo,
donde las señoras mayores se reúnen para tomar el té
y jugar a las cartas, podemos escuchar ese español extrañamente
conmovedor que los judíos turcos han preservado desde la Edad Media
y que ellos llaman ladino. Sin embargo, todavía hay jóvenes
turcos que no saben nada de todo esto. Ésa es otra razón por la cual Mario Levi escribe: para llenar los vacíos que han surgido en la memoria de la ciudad, pero también en su aspecto, el cual todavía está repleto de la herencia de lo reprimido, lleno de inscripciones en las casas, iglesias y sinagogas, con letras que ahora parecen códigos extraños, aunque hasta hace poco judíos y cristianos considerasen a esta ciudad como su hogar. La ciudad también está llena de tumbas que cuentan historias de Estambul en lenguas extranjeras. El espíritu de la vieja Estambul ronda por las casas de madera abandonadas y llenas de moho. Las excavadoras no se atreven a acercarse. ¿Será por la mala conciencia? Ésta es una ciudad herida. Sin embargo, los tiempos parecen estar
suavizándose, después de un periodo en el que Turquía
intentó forzar la “turquificación” de todo y de todos. El ministro
de cultura turco Ertugrul Günay ha dicho que considera la obra de Levy
como especialmente importante para mostrar la variedad étnica y religiosa
de su país. Éste es un nuevo estilo para un país que
a menudo se ha mostrado tan desgarrado y paranoico. En vano buscaríamos magia o una nostalgia sentimental en la obra de Levi. Sus libros son un río alimentado por incontables afluentes. “Buscar a Niko significa buscar una vida perdida”; así es como Levi describe su labor cuando escribe sobre Niko, el fabricante de chaquetas que cada mañana da de beber raki a su viejo gato Yorgos, hasta que una turba antigriega le obliga a exiliarse en 1955. Parece como si Levi deseara reunir juntas todas las vidas perdidas, sin dejar ninguna fuera: ni la elegante pero infeliz Olga, cuya familia huyó de los progromos en Riga; ni Ibrahim, el ladrón de plata; ni el tío Kirkor, armenio, quien pasa el tiempo con monsieur Jacques jugando al tavla, una especie de backgammon turco. Hubo un tiempo “cuando nadie podía decir cuál era el verdadero lenguaje de la ciudad”. En las calles que rodean la Torre de Gálata se escuchaba hablar yiddish, así como griego, armenio, francés o árabe. Pequeños burgueses, comerciantes, trabajadores especializados: los judíos de Estambul a principios del siglo XX a menudo eran pobres. Si este Estambul es un cuento de hadas,
es solo porque el narrador no se queda sin aliento, ni siquiera después
de
1001 noches
. Para Mario Levi la cuestión es: ¿Qué habría
pasado si Estambul no hubiera sufrido su “terrible despertar” durante el
delirio nacionalista de la joven república? “Vengarse de una manera positiva”; ése fue el pensamiento que impulsó al joven de diecisiete años Ishak Alaton, ahora octogenario. Deseaba vengarse de un sistema que acabó con su padre, un hombre que hasta 1942 había amasado una modesta fortuna con la importación de telas desde Inglaterra y que apreciaba mucho a Atatürk, el fundador de la república. Sin embargo, Atatürk obligó a que todas las familias, incluida la de Ishak, hablaran solo turco en sus casas. [5] Los turcos perdieron un imperio multiétnico y fundaron una república. Veinte años después, en 1942, los nacionalistas se vengaron contra todos los que no eran de origen turco, pero seguían siendo prósperos. Fue una época en la que el ministro de justicia se permitió el lujo de decir que todos los habitantes del país que no eran de origen turco “solo tienen derecho a ser esclavos”. También fue un periodo de contradicciones. Por un lado, el Estado acogió a refugiados judíos de la Alemania nazi; por el otro, aprobó un impuesto sobre la propiedad que tenía un solo objetivo: acabar con la prosperidad de todos los ciudadanos que no fueran de origen turco. Quienes no podían pagar sus deudas eran condenados a trabajos forzados. El padre de Alaton trabajó en una cantera de Erzurum, en el este de Anatolia, junto a otros dos mil judíos, griegos y armenios. Su padre regresó como un hombre roto. El hijo juró que se haría rico y famoso. “Quería hacerles pensar”, dice. “Todo el mundo debería ver lo malo que es acabar con tanta gente buena.” Ishak Alaton se trasladó a Suecia,
aprendió el oficio de soldador y se hizo socialdemócrata. Regresó
a Turquía y fundó junto a su socio una compañía
llamada Alarko. Hoy en día es rico; el empresario judío más
conocido de Turquía, con intereses en los sectores de la construcción
y el turismo. Sigue siendo socialdemócrata –de hecho, ha creado gabinetes
de estrategia para diseñar campañas a favor de la democracia–,
y si tuviera que reprochar algo a la comunidad judía, sería
esto: “Siempre quieren pasar desapercibidos, lo que considero intolerable.
Siguen con la cabeza gacha”, nos dice. En cierta ocasión, hace diez
años, un espectador telefoneó en directo a un programa de entrevistas
para preguntar si Alaton se sentía turco. “Mi familia lleva viviendo
aquí quinientos años –respondió Alaton– ¿y la
suya?”
La comunidad judía turca ha actuado como un grupo de presión entre sus influyentes correligionarios de EE.UU. e Israel para defender los intereses de Turquía. “Eso nos da puntos extra”, dice el veinteañero David Ojalvo. Ojalvo trabaja en Shalom, el periódico de la comunidad judía, y se ocupa de las páginas de opinión. Quienes visitan las oficinas del periódico en el barrio de clase media de Tesvikiye deben detenerse frente a una valla con cámaras de vigilancia. Varias sinagogas han sido atacadas. En 1986 fueron asesinados veintidós judíos, y en 2003, seis. Sin embargo, Ojalvo, cuyo mejor amigo es musulmán, sigue estando de acuerdo con Alaton cuando éste dice que el antisemitismo no está muy extendido entre los turcos. El problema es más bien la discriminación por parte del sistema. Por un lado, el Estado emplea su supuesta generosidad hacia los judíos con fines de propaganda en el extranjero, y por el otro ha confiscado las tierras de la comunidad [7] y los miembros de las minorías todavía no pueden llegar a ser ministros o altos mandos militares. Mario Levi bromea: “¿Y quién lo quiere? Yo no”. Alaton, por el contrario, se muestra más serio: “Quiero que Turquía se disculpe.” El periódico Shalom se publica desde hace más de sesenta años y tiene una tirada de casi cinco mil ejemplares. Los quince periodistas que trabajan en él no reciben ningún salario. David Ojalvo, por ejemplo, estudia medicina. Una de las cosas que más le preocupa es que muchos jóvenes judíos no muestran ningún interés en la comunidad una vez que han cumplido los dieciocho años. El cemento que mantenía unida la comunidad se está desquebrajando y la columnas que la sostenían amenazan con derrumbarse. Éste es el caso del ladino. Al principio, casi todos los artículos de Shalom estaban escritos en ladino; hoy en día, sin embargo, ocupan solo una de cada ocho páginas. El ladino se está muriendo, y nadie lo sabe mejor que la lingüista Karen Gerson Sarhon. Ella ha llevado a cabo investigaciones sobre el declive del ladino y es responsable de la sección en ladino de Shalom. “Los tiempos cambian”, afirma encogiéndose de hombros. Cuando era joven, ella y sus amigos solían representar obras de teatro en las que se burlaban de sus padres y abuelos hablantes ladino. Hoy dirige el Centro de Estudios Culturales Sefardíes de Estambul e interpreta canciones en ladino. Sarhon pertenece a la última generación que aún habla ladino. ¿Quién puede leer todavía su sección? “Todos los mayores de cincuenta”, responde ella. Sorprendentemente, la resuelta y vivaracha
Sarhon no se deja llevar por los sentimientos cuando habla del tema. El ladino
ha sido bien investigado en los últimos años y está
destinado a convertirse en una pieza de museo; ahora hay que dejarlo descansar
en paz. Sarhon dice que, en cualquier caso, los principales culpables de su
desaparición son los más ancianos. “Siempre prefirieron el
francés y más tarde el turco. El ladino no era lo bastante intelectual
para ellos. Mi madre siempre solía decir: ‘eso no es un idioma, es
una ensalada.’” Mario Levi dice que su patria no es una ciudad ni un país, sino la lengua turca. Solo un puñado de personas puede vivir de la literatura en Turquía, y él es una de ellas. Imparte clases de literatura en la Universidad y los fines de semana acude al estadio de fútbol para ver al Fenerbahce. Es el club favorito de los generales, y también lo era de su padre. A veces, cuando no llegan a los diez hombres necesarios para llevar a cabo sus oraciones, los judíos de la sinagoga de Kadiköy le telefonean, y, aunque de joven perdió su fe leyendo a Voltaire y Rousseau, él siempre acude enseguida. Tiene un programa de radio en el que habla sobre lo que más le gusta: comer y beber. “Por lo que se refiere a Estambul –dice con una gran carcajada– soy un chovinista. Ningún pescado es tan sabroso como el del Bósforo.” Y sin embargo, ¡ésta contaminado! Esta ciudad y este país a veces
te obligan a pasar por duras pruebas. En 2007, una pandilla de nacionalistas
asesinó a un amigo de Levi, el periodista turco de origen armenio
Hrant Dink. “Las cosas no salieron como a él le hubiera gustado, dice
Mario Levi. “Pero soy optimista”, añade. “Quiero ser optimista...debo
ser optimista” NOTAS.- [1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en: http://de.qantara.de/Die-Hueter-der-Hoffnung/3884c3978i1p408/ Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . Todas las notas son de la Redacción de Alif Nûn. [2] Kai Strittmatter nació en 1965 en Baviera (Alemania) y es corresponsal en Estambul del Süddeutsche Zeitung, diario alemán donde trabaja desde 1994. [3] La explicación del rabino de Edirne sigue así: “[El Imperio Otomano] Es un vasto espacio que nuestro Señor, por Su gracia, ha abierto ante nosotros. Allí los pórticos de la libertad están ampliamente abiertos y puedes aplicar todas las leyes y todos los preceptos del Judaísmo.” Citado en Haim Zafrani, “ Los judíos del Occidente musulmán ”, revista Alif Nûn nº 44, diciembre de 2006. [4] Se cuenta que el sultán Bayazid se sorprendió de la decisión del rey Fernando de Aragón de expulsar a los judíos, sobre la cual afirmó: “Este príncipe con fama de sensato ha empobrecido su reino y ha enriquecido el mío.” Citado en Haim Zafrani, ob. cit. [5] Con el nacimiento de la moderna república de Turquía en 1923, no solo se impuso el uso de la lengua turca a toda la población, ignorando los derechos lingüísticos de minorías como los sefardíes o los kurdos, sino que el propio idioma turco fue modificado radicalmente por el gobierno laico de Atatürk, eliminando el alfabeto basado en caracteres árabes que había sido empleado desde hacía siglos, para sustituirlo por otro basado en el alfabeto latino, y cambiando los numerosos préstamos del árabe y del persa por palabras de origen turco, en muchos casos neologismos. Esto provocó que las nuevas generaciones no pudieran leer ni comprender la literatura turca del Imperio Otomano, a veces escrita tan solo unos pocos años antes, y que incluso varias generaciones dentro de una misma familia no pudieran entenderse entre sí. Hasta tal punto fue profundo el cambio lingüístico que algunos filólogos hablan de dos idiomas distintos: el turco otomano y el turco moderno. Para más información, véase Geoffrey Lewis, The Turkish Language Reform: A Catastrophic Success , Oxford University Press, 2002. [6] A este respecto cabe señalar lo siguiente: “Aunque quizás éste fue el único modo de sobrevivir como país, dado que Francia y el Reino Unido, las principales potencias europeas de la época, procedieron a desmembrar palmo a palmo los restos del Imperio Otomano, el precio a pagar iba a ser demasiado alto: el genocidio armenio durante el gobierno de los Jóvenes Turcos (1908-1918) y la deportación masiva de las poblaciones griegas de Asia Menor en 1922 culminaron un proceso de ‘unidad nacional’ (o tal vez deberíamos hablar con más propiedad de ‘limpieza étnica’) que desembocó en el nacimiento de la moderna República de Turquía en 1923.” Véase Yamila Munqid, “ La crisis de identidad en Oriente Medio ”, revista Alif Nûn nº 87, noviembre de 2010. [7] En relación a las confiscaciones de propiedades de las minorías por parte del Estado turco, la situación parece haber mejorado en los últimos tiempos. De hecho, el gobierno de Erdogan aprobó en agosto de 2011 un decreto ley para restituir a los armenios, los greco-ortodoxos y los judíos las propiedades confiscadas desde 1936 en adelante. El propio Ishak Alaton se pronunció sobre esta medida diciendo: “Es una especie de revolución que allana el camino hacia la paz social. Hasta hoy habíamos hablado siempre de ciudadanos de primera y de segunda clase, pero hoy hemos dejado a la espalda esta discriminación. Ahora todos serán iguales”. Fuente: http://www.zenit.org/article-40223?l=spanish A Portada |
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