LA CAIDA DE GADDAFI (III):
Una lección para Libia, una advertencia de Occidente [1]

Andrew N. Flood [2]



No ha sido una intervención humanitaria

Más allá de la dimensión militar del conflicto, la intervención imperialista no pretende defender los intereses políticos y económicos de los rebeldes, sino los de las potencias imperialistas. A pesar de que antes de la imposición de la zona de exclusión aérea los rebeldes manifestaron públicamente su deseo de limitar la intervención de los imperialistas en Libia , pronto pudimos ver que les ofrecían importantes concesiones. Y es que nadie da nada gratis.

Las potencias imperialistas pretenden establecer en Libia un régimen lo más sumiso posible. Un método de negociación usado durante mucho tiempo ha sido negarse a suministrar armas a los rebeldes, lo que permitió a los imperialistas situarse en una posición de fuerza, empleando sus ataques aéreos para decidir quién saldría victorioso del enfrentamiento y presionando así enormemente a las fuerzas rebeldes para que crearan un programa y un consejo de gobierno aceptables para Occidente. Los argumentos liberales según los cuales la intervención se ha efectuado para defender los intereses del pueblo libio (o que, de algún modo, no habría “daños colaterales”) son tan absurdos como los de la izquierda, de acuerdo a los cuales la derrota de las fuerzas de Gaddafi podría producirse sin la intervención militar imperialista.

Sea cual sea la retórica empleada en los comunicados de la ONU, es imposible creer que el principal interés de las potencias imperialistas sea proteger a los civiles libios. La falta de preocupación de las potencias militares imperialistas con respecto a los civiles quedó de manifiesto al comienzo de la intervención, cuando dos miembros de las fuerzas estadounidenses fueron rescatados tras un accidente aéreo. Al-Jazeera explicó que cuando el operativo de búsqueda y rescate llegó para recoger a los dos pilotos derribados ya había civiles de la zona que se habían acercado para ayudarlos. Sin embargo, “marines a bordo del Ospreys tirotearon [a los civiles], hiriendo a ocho personas. Fuentes hospitalarias desplazadas a la zona el día siguiente dijeron a los periodistas británicos que tal vez tendrían que amputarle la pierna a uno de los heridos.” [3]  

Exportaciones Petroleo Libia Tal y como muchos han señalado, no ha habido ninguna intervención occidental en otros países árabes como Bahrein , donde un gran número de manifestantes civiles también han sido asesinados. Todo esto deja claro que proteger a los civiles no representa ninguna prioridad. Incluso Lord Craig, el responsable de las fuerzas armadas británicas durante la guerra del Golfo de 1991, ha admitido que debido al doble rasero que se ha practicado en el caso de Bahrein, “una vez más, deberemos hacer frente a las acusaciones de ser colonialistas ávidos de petróleo que vuelven a hacer de las suyas.”  [4]

Cuando se desató la revuelta egipcia , EE.UU. se limitó a hacer llamamientos a la calma durante muchos días, hasta que resultó evidente que la persistente negativa de Mubarak a dimitir conduciría a graves revueltas e inestabilidad. Como en Sudamérica, EE.UU. ha pasado de apoyar las dictaduras a tratar de impedir que la lucha democrática represente una amenaza para sus intereses fundamentales. De este modo, el último favor que hizo el dictador egipcio cuando abandonó el escenario político es parecer que fue apartado por la misma Casa Blanca que hasta ese momento lo había respaldado.

Superando los argumentos simplistas

Sería un error pretender que todos aquellos que han argumentado a favor o en contra de la intervención han empleado argumentos simplistas. Entre quienes se oponen a la intervención está Noam Chomsky, quien en una interesante entrevista basó sus argumentación en los antecedentes y las intenciones de las potencias occidentales: “En el caso de la intervención del triunvirato de potencias imperialistas que actualmente están violando la resolución 1973 de la ONU sobre Libia, la carga es especialmente pesada, debido a sus terribles antecedentes. Sin embargo, sería demasiado tajante afirmar que, en principio, sus razones nunca puedan llegar a ser convincentes (a menos, claro está, que consideremos las naciones-estado en su forma actual como esencialmente sagradas). Evitar una posible masacre en Bengasi no es poca cosa, al margen de lo que uno pueda pensar sobre los motivos.” [5] Chomsky no cree que Libia reúna las condiciones para la intervención, pero no cierra las puertas a esa posibilidad: “Tras la Segunda Guerra Mundial, hay dos casos en los cuales se recurrió a la fuerza y que, si bien no pueden calificarse como una intervención humanitaria, podrían estar justificados: la invasión india de Pakistán Oriental en 1971 y la invasión vietnamita de Camboya en diciembre de 1978; en ambos se puso fin a las atrocidades masivas.” [6] Debemos señalar aquí que Chomsky está analizando si la intervención imperialista es de carácter humanitario, y no si los rebeldes deberían buscar el apoyo militar imperialista.

Entre quienes están de acuerdo con la intervención tenemos a Gilbert Achcar , quien argumenta con brillantez su apoyo a la intervención aérea para evitar una masacre, aunque sepamos que ésta no es la única razón por la cual están interviniendo los imperialistas: “Toda regla general admite sus excepciones. Esto incluye la regla general según la cual las intervenciones militares de las potencias imperialistas autorizadas por la ONU son puramente reaccionarias y nunca pueden responder a intenciones positivas y humanitarias. Pongamos un ejemplo: si pudiéramos girar hacia atrás la rueda de la historia y regresar al periodo inmediatamente anterior al genocidio de Ruanda, ¿nos opondríamos a que la ONU autorizase una intervención militar liderada por Occidente con el fin de evitar dicho genocidio? Por supuesto, muchos dirían que la intervención de las fuerzas imperialistas extranjeras podría provocar muchas víctimas. ¿Pero puede alguien en su sano juicio pensar que las potencias occidentales habrían masacrado entre medio millón y un millón de seres humanos en cien días?”  [7]

Sin embargo, el artículo de Achcar hace agua cuando defiende la idea de que la opinión pública jugó un papel importante a la hora de impulsar la intervención imperialista. Resulta divertido cómo emplea uno de los recursos retóricos más habituales entre los anti-intervencionistas, esto es, la idea de que EE.UU. imponga una zona de exclusión aérea sobre Israel : “Uno puede apostar con seguridad que la actual intervención en Libia resultará más embarazosa para las potencias imperialistas en el futuro. Tal y como han advertido con razón algunos miembros de la clase dirigente estadounidense contrarios a la intervención de su país, la próxima vez que la fuerza aérea israelí bombardeé a alguno de sus vecinos, ya sea Gaza o el Líbano , la gente exigirá una zona de exclusión aérea. Yo, por ejemplo, lo haré sin dudarlo.” [8]  

La posibilidad misma de ver a EE.UU. haciendo algo semejante gracias a la presión pública parece tan ridícula que pone de manifiesto la debilidad de la idea según la cual la “opinión publica” habría jugado un papel importante a la hora de tomar la decisión de intervenir. Pero hay otras dos evidencias significativas que refutan esta opinión. En primer lugar, el hecho de que las manifestaciones masivas (sobre todo en Gran Bretaña) no tuvieran ningún impacto visible en la decisión de invadir Iraq; y en segundo lugar, que las encuestas de opinión revelan que al principio solo había un escaso margen a favor de los ataques aéreos sobre Libia y que en ambos casos la oposición a una mayor participación militar fue creciendo con el paso del tiempo. Así, por ejemplo, una encuesta realizada a principios de abril por la Universidad Quinnipiac reveló que el 47% de los votantes inscritos desaprueba la intervención de EE.UU., mientras que el 41% la aprueba.”


Las limitaciones del antiimperialismo de izquierdas

El ejemplo libio en particular ha puesto de manifiesto las limitaciones del antiimperialismo de izquierdas al uso, es decir, la costumbre de limitarse a analizar estas luchas en términos de lo que es malo para el imperialismo. Este enfoque podría haber tenido algún sentido durante los primeros veinte años de su existencia (aunque a menudo se basó en la falacia de insistir en que la Unión Soviética o China no podían ser consideradas imperialistas). Sin embargo, cualquier análisis serio de insurrecciones anteriores debería reconocer que los revolucionarios han empleado muy a menudo cualquier apoyo que pudieran obtener de las potencias imperialistas.

Por ejemplo, es probable que la victoria de la revolución americana no se hubiera producido sin la intervención del imperialismo francés, y en particular sin la imposición por parte de la flota francesa de una “zona de exclusión marítima” en las costas norteamericanas que impidió a las fuerzas británicas seguir maniobrando con facilidad contra los rebeldes americanos. En el contexto irlandés podemos ver también cómo todas las insurrecciones republicanas han buscado el apoyo de otros poderes imperialistas como contrapeso del imperialismo británico. Antes del siglo XX fue Francia y durante el siglo XX fue Alemania (en 1916, cuando se hablaba de “nuestros nobles aliados en Europa”, e incluso en los años cuarenta, con el nazismo).Palacio Gaddafi

Es cierto que en el otro lado de esta ecuación también encontramos ejemplos que no alcanzaron los resultados apetecidos. Éste es el caso de los anarquistas españoles exiliados que se unieron al ejército de liberación francés para combatir al fascismo y robaron armas para llevar a cabo una ofensiva contra la España franquista tras la guerra mundial. Los aliados no solo permitieron que Franco permaneciera en el poder tras la gran guerra, sino que le entregaron listas de quienes habían combatido con ellos y ahora eran sospechosos de buscar el derrocamiento del dictador español. Sin embargo, ¿qué opción les quedaba a los anarquistas españoles? Se trataba de elegir entre las potencias imperialistas aliadas o el expansionismo fascista en Europa.

Lo que supuso una limitación para el antiimperialismo de izquierdas es que realmente surgió para atender las necesidades de la Rusia leninista en su intento de acabar en la medida de lo posible con las otras potencias imperialistas contra las que se enfrentaba. En este contexto, la lucha por la libertad de muchas insurrecciones republicanas fue considerada menos importante que las necesidades de la URSS. Por ejemplo, en la España de la década de 1930 esto supuso la eliminación del movimiento revolucionario dentro de la zona republicana (en particular de los anarquistas), porque se trataba de un periodo en el que la Unión Soviética buscaba aliarse con algunas potencias imperialistas en contra de otras. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Moscú ordenó a los partisanos comunistas de países como Grecia e Italia (naciones cedidas por Stalin a Occidente tras la Conferencia de Yalta) que renunciasen a la revolución. En Grecia, esto supuso la ejecución de cuadros comunistas que se negaron a acatar dichas órdenes. En Yugoslavia, por el contrario, los partisanos eran lo bastante fuertes e independientes como para oponerse a esas órdenes y tomar el poder bajo el liderazgo de Tito.


Un enfoque alternativo

Poco después del inicio de la guerra aérea se escribieron varios artículos que contribuyeron al debate sobre Libia. Yo me referiré aquí a tres de los que considero más interesantes. El primero es importante, pues se trata de una traducción del blog de Saoud Salem, un anarquista libio que en la víspera de la intervención argumentaba lo siguiente: “Esta intervención convertirá a Libia en un verdadero infierno, incluso peor que el actual. Esta intervención también se apropiará de la revolución de los libios, una revolución que les ha costado hasta ahora la muerte de miles de hombres y mujeres. Esta intervención también dividirá a la resistencia libia [...] Seremos liberados de Gaddafi solo para convertirnos en esclavos de quienes lo armaron y le permitieron ejercer el poder durante todos estos años de violencia y represión autoritaria.”  [9]

Saoud Salem dice en su blog que reside en Libia, y aunque no hay indicios de que se trate de algo más que una única voz crítica, al menos ofrece un antídoto útil frente a los argumentos favorables a la intervención que insisten en que todos los opositores libios a Gaddafi pidieron dicha intervención.

Italia estaba estrechamente relacionada con el régimen de Gaddafi, pero eso no le impidió ofrecer sus bases aéreas para la intervención. Un comunicado de la Federazione dei Comunisti Anarchici en Italia afirma lo siguiente: “Lo que nos interesa como activistas revolucionarios es el potencial para la revuelta y la autogestión expresado por las poblaciones cuyas exigencias ya no se ajustan a las de los clérigos o los fundamentalistas, sino que se centran en los derechos básicos y en la redistribución de la riqueza [...] Por eso apoyamos a los comités populares y a nuestros compañeros que, a costa de su propia vida y de la libertad, combaten en las calles y las plazas de Bengasi, Siria , Bahrein, Arabia Saudí y en todo Oriente Medio y África del Norte. Por eso nos oponemos con firmeza a la guerra y la intervención militar cuyo resultado inevitable es la devastación y la miseria de Libia, y a la cruel represión que se está produciendo en otros países, en un intento por normalizar la situación allí.”  [10]

En la línea de los mejores argumentos contra la intervención, este alegato apoya la revolución democrática y se opone a la intervención imperialista, pero aunque se trata de un argumento político de peso debido a las razones antes expuestas, es una postura absurda desde el punto de vista militar. ¿Cómo resolver esta contradicción entre una postura política formalmente correcta, opuesta a toda intervención, y la realidad militar de una revolución democrática que habría sido eliminada de no producirse dicha intervención, probablemente con una pérdida considerable de vidas? En su respuesta a Gilbert Achcar, Alex Collinicos, del Socialist Workers Party británico, se limitó básicamente a encogerse de hombros y decir “así es la vida”. Su respuesta a Achcar concluye: “La triste realidad es que las masacres son la tónica habitual del capitalismo. La izquierda revolucionaria es, por desgracia, demasiado débil para detenerlas. Hasta que no seamos más fuertes, al menos deberíamos ofrecer una aclaración política de lo que está realmente en juego.” [11] Al menos esta postura es bastante más honesta que la de algunos movimientos de izquierda que afirman que el pueblo libio puede defenderse por sí mismo. Aunque este planteamiento pueda quedar bien en Londres, no creo que sonara tan convincente cuando los tanques de Gaddafi estaban a las puertas de Bengasi.

Para terminar, vale la pena echar un vistazo a la entrevista con Nejat Firat Zeyneloglu, un libertario kurdo residente en Turquía . Nejat hizo la siguiente observación sobre el debate a dos bandas en el que están enfrascados los leninistas a la antigua usanza y la izquierda liberal: “Defender las dictaduras o defender la intervención imperialista contra los dictadores es básicamente la misma cosa; ambas posturas suponen rechazar o ignorar la voluntad de las masas que combaten por la libertad con sus propios medios. Me gustaría señalar que en ambas se da una desconfianza hacia el pueblo y su lucha. Naturalmente, para los países imperialistas la cuestión se reduce a conseguir la llamada ‘estabilidad’, dado que sus intereses dependen de ella. Así pues, en líneas generales, siempre y cuando sus beneficios queden protegidos, a los imperialistas no les importará que el poder dominante sea fascista, socialdemócrata, conservador, verde o cualquier otro.

Recordemos que hasta hace muy poco, Sarkozy, Berlusconi, Erdogan y otros eran los mejores amigos de Gaddafi, pues todos ellos tienen inversiones en Libia y, como usted sabe, para el capitalismo son más importantes sus inversiones que la vida de la gente.

A los países imperialistas les preocupa más la reacción del pueblo libio que Gaddafi. Por lo tanto, el objetivo de esta guerra es establecer y garantizar una nueva estructura en Libia que beneficie a los países imperialistas. Creo que debemos apoyar la lucha basada en la voluntad popular de los libios. Debemos apoyar toda forma de democracia directa y de autogestión, frente a cualquier tipo de opresión y de autoridad. Debemos reconocer que el pueblo libio tiene derecho a la autodeterminación y debemos estar del lado del pueblo, no del de Gaddafi o los imperialistas.”  [12]  

Aquí podemos ver la semilla de un enfoque diferente. Y es que, a pesar de tener el derecho a aconsejar y criticar, debemos empezar por defender el movimiento popular y aceptar que la decisión de cómo compatibilizar la oposición política al imperialismo con la necesidad militar de una intervención imperialista solo la puede tomar el pueblo libio. En cualquier caso, no creo que los poderes imperialistas vayan a prestar demasiada atención a lo que tenga que decir un grupo minúsculo de anarquistas, leninistas u otros revolucionarios. En este sentido, sería más lógico que Castro o Chávez se descolgaran con grandes declaraciones políticas sobre lo que no se debe permitir hacer a los imperialistas. Al menos Cuba y Venezuela tienen derecho a voto en la ONU.


La fría y dura realidad

A lo largo de la historia, los movimientos democráticos, anticoloniales y republicanos siempre han buscado la ayuda externa a fin de alcanzar sus objetivos. Las revoluciones necesitan dinero y armas, y para el elemento proletario dentro de tales movimientos es probable que ambos sean escasos. A nivel interno, esto significa que el elemento proletario a menudo se verá forzado a aliarse con el sector más nacionalista y democrático de las clases adineradas, el cual puede ofrecer los recursos para que la rebelión tenga éxito. Estas alianzas (ya sean con los capitalistas del país o con las potencias extranjeras) han resultado ser bastante negativas a lo largo de la historia y a menudo han impuesto enormes limitaciones en los objetivos a alcanzar. 

Sin embargo, creo que hasta cierto punto Chomsky y Achcar utilizan un argumento adecuado, aunque no se pongan de acuerdo a la hora de aplicarlo en el caso de Libia. Yo tampoco creo que exista ningún principio absoluto según el cual no pueda buscarse algo de ayuda de las potencias imperialistas. Libia no es el Iraq de 2003, donde no había ninguna insurrección popular, y ni siquiera el Afganistán de 2001, donde EE.UU. apoyaba a los señores de la guerra contra un enemigo común.

Si los leninistas fueran honestos reconocerían que la búsqueda de alianzas con el imperialismo ha sido en la práctica su propia experiencia histórica. No solo es que Lenin mismo aceptara ayuda del imperialismo alemán durante la revolución rusa, sino que la falacia según la cual la Unión Soviética o China no eran consideradas potencias imperialistas ha impedido que los leninistas sean capaces de ver la dependencia de Cuba, Vietnam, Corea, Nicaragua, etc., con respecto a la ayuda imperialista.

Un enfoque alternativo a estas cuestiones necesita dejar claro una serie de actitudes:

1.- Oponerse políticamente de manera rotunda al imperialismo en sí, tanto en su modalidad militar como económica, y rechazar la idea de intervención humanitaria desde arriba.
2.- Defender los movimientos democráticos republicanos en general.
3.- Promover y apoyar las tendencias y corrientes libertarias dentro de estos movimientos.
4.- Aceptar que la licitud o ilicitud de que los combatientes reciban ayuda de las potencias imperialistas y la cantidad y el tipo de esta ayuda son cuestiones discutibles que dependen de la naturaleza de esos movimientos y del precio que estén dispuestos a pagar para recibir dicha ayuda. Y aunque nosotros podamos aconsejar o criticar, serán los propios movimientos de liberación los únicos con derecho a tomar la decisión última.

Este enfoque podría resultar más complejo, menos basado en la rigidez ideológica o más basado en cada situación particular, pero en cualquier caso pretende reflejar la verdadera (y no idealizada) historia del anarquismo, la izquierda y los movimientos anticoloniales y prodemocráticos. Como no podemos quedarnos de brazos cruzados hasta que el movimiento ideal surja espontáneamente, debemos luchar con los movimientos que ya existen. Y esta lucha no es probable que ejerza ningún tipo de influencia si se reduce a un simple ejercicio de reafirmación ideológica que ignora las realidades sobre el terreno.


El futuro del pueblo libio

Llegados a este punto es difícil saber hacia dónde se dirigirá la Libia post-Gaddafi. Lo que sí está claro es que los rebeldes no son un grupo homogéneo y que la pretensión del Consejo Nacional de ser el representante de todos los libios ya está siendo puesta en entredicho. Por lo demás, ¿Se mantendrá el enfoque neoliberal esbozado en el programa difundido durante la cumbre de Londres? [13]   ¿Se vendrá abajo la recién adquirida confianza de los islamistas en EE.UU. cuando la política estadounidense regrese a sus ocupaciones habituales? [14]   ¿Se desintegrará el Consejo Nacional de Transición, provocando una nueva guerra civil? ¿Conseguirán las masas superar los límites impuestos por las distintas facciones y comenzarán a desarrollar la organización necesaria para crear una Libia realmente libre? 

También estamos seguros de ver un proceso en virtud del cual la nueva clase dominante tratará de retrasar el cumplimiento de las exigencias de la clase trabajadora surgidas durante la rebelión, intentará limitar el debate sobre cuál debería ser el modelo de la nueva “Libia libre”, y al igual que en el caso de Egipto, tratará de reducir el derecho de los trabajadores a organizarse a través sindicatos y otras estructuras de clase. A corto plazo, el desafío de la clase trabajadora será luchar por sus intereses en la nueva Libia y evitar que éstos se vean sacrificados en nombre de una unidad nacional cuyo único resultado será la recreación de una Libia fiable para las empresas petroleras.

Con toda seguridad, los imperialistas favorecerán al Consejo Nacional de Transición y la rápida imposición de una estabilidad al estilo de “aquí no ha pasado nada”, tal y como ya han hecho en Túnez y Egipto. En este sentido, tal vez la esperanza mayor y más real sea que la victoria en Libia sirva de conexión entre las revueltas de Túnez y Egipto y ofrezca nuevas ilusiones a estas revoluciones en curso. Si estas tres revoluciones tienen éxito en algún momento, tendrán que superar la intervención hostil de los imperialistas, al margen de las alianzas que se vean obligadas a establecer en el curso de esta lucha.




NOTAS.-


[1] Traducción, extracto y adaptación del artículo publicado en: http://anarchism.pageabode.com/print/1160 Tercera parte del artículo publicado en la revista Alif Nûn nº 98 (noviembre de 2011) y nº 99 (diciembre de 2011) . Versión en castellano elaborada por el equipo de traductores de Alif Nûn . (Nota de la Redacción).

[2] Andrew N. Flood nació en Dublín (Irlanda) y ha pasado algunas temporadas en Inglaterra y Canadá. Es miembro desde 1990 de la organización anarquista Workers Solidarity Movement.

[3] http://english.aljazeera.net/indepth/features/2011/03/2011328132420804774.html

[4] http://www.guardian.co.uk/politics/2011/apr/01/libya-military-strikes-defence-chiefs

[5] http://www.chomsky.info/interviews/20110330.htm

[6] Ibid.

[7] http://mondediplo.com/openpage/libya-a-legitimate-and-necessary-debate-from-an

[8] Ibid.

[9] http://www.anarkismo.net/article/19112

[10] http://www.anarkismo.net/article/19148

[11] http://www.socialistworker.co.uk/art.php?id=24350

[12] http://www.anarkismo.net/article/19096

[13] Para más información sobre el contenido de dicho programa del Consejo Nacional de Transición, véase la segunda parte de este artículo, publicada en la revista Alif Nûn nº 99, diciembre de 2011 . (Nota de la Redacción).

[14] Para más información sobre la relación entre los islamistas libios y el gobierno estadounidense, véase la segunda parte de este artículo . (Nota de la Redacción).


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